lunes, 27 de marzo de 2017

Hielo que da calor

A mi querida Stephanie:
Aun recuerdo el día en el que llegaste al internado. Con tu ardiente pelo bien recogido y un vestido celeste que hacía juego con tus ojos tristes. Por aquel entonces yo odiaba el mundo. Recuerdo odiar tu pelo tan rojizo, tus pequeñas pecas sobre el rostro. Recuerdo odiar tus modales y formalidades, tu sonrisa perfecta frente una mirada que seguía perdida. Pero realmente no te odiaba, prácticamente te admiraba. Seguramente pasases por algo horrible y tú seguías esforzandote por seguir adelante, por sacar buenas notas y por ser amigable. En cambio, yo no conseguía evolucionar en cuanto a cómo me veían los demás, una niña desolada.
Sin embargo, tú eras distinta, parecías entenderme cada vez que se cruzaban nuestras miradas, conmigo parecía que sonreías de verdad. Y a lo tonto nos hicimos amigas, prácticamente hermanas. Te enseñé mi fascinación por la lectura y tú me enseñaste a bailar como ninguna. Contigo siempre eran risas, aventuras por jardines secretos y pasadizos escondidos. Nos cogimos tanto cariño que no pudimos evitar sentirnos unidas.
Aun me río pensando en como me defendías, en la cara de susto de Oliver cuando te levantaste de golpe porque se reían. Nunca más volvieron a meterse con mi corte de pelo tan "masculino".
¿Y la vez que nos pillaron llegar empapadas por escaparnos ese día de lluvia? Estoy sola escribiendo y no puedo aguantar la risa.
Supongo que tenía que haberme enterado antes, cuando me despertabas con un susurro y tu cabello acariciaba mi rostro. Pero no fue hasta la noche que subimos a la colina cuando llegué a darme cuenta. Tú y yo tumbadas sobre la hierba, observando el cielo y contando estrellas. Te miré de soslayo y pude observar que me mirabas. "¿Por qué no miras las estrellas?" Pregunté interesada. "Porque ya las estoy mirando". Respondiste con esa sonrisa tuya, que forma hoyuelos en tus mejillas. Probablemente me puse super roja, notaba mi corazón latir con fuerza. "No seas tonta". Conseguí formular al volver a mirar las estrellas. Esa noche soñé con tu mirada fría que siempre me calienta.
Con el buen tiempo terminamos disfrutando de la piscina. Nos quedamos solas, sentadas con los pies en el agua. Mi atención se centraba en tu bikini y en lo bien que te quedaba. Y  mi corazón latía, tan deprisa que temí que lo notaras. Y te tenía tan cerca... Me descubrí acercando mis labios a los tuyos, pero sentí mucha agua. Me salpicastes y te reías. "Estás empanada". Y te tiré al agua y seguimos riendo, de las mejores tardes de mi vida. Una vez acabó la guerra de salpicaduras, nuestra respiración agitada, fuiste tú la que te acercaste. Creí que por fin íbamos a besarnos, pero nos llamaron para tomar la cena.
Esa noche soñé contigo de nuevo, una mirada color de hielo. Y me despertaste y seguía tu mirada. Sonreíste y me besaste. Recuerdo lo bien que me supieron tus labios.
Y así iniciamos esto, besos y risas a escondidas, cogidas de la mano como "buenas amigas". Pero lo que más me gustaba es cuando me traías caricias, cuando bailabas y me mirabas con picardía. Yo siempre te escribía, notitas en prosa y alguna poesía. Y me abrazabas, llegabas a mí y me susurrabas lo mucho que me querías.
Llegó así, tras semanas de ilusión y alegría, la noche de mi dieciocho cumpleaños. Tú ya los habías cumplido y habíamos decidido salir a divertirnos. Fue una velada maravillosa, cena, paseo y tu sorpresa. Decidimos entrar en una discoteca. Emocionadas bailamos, tu cuerpo describía curvas, giros y movimientos alocados. Y yo te seguía, embelesada por el vibrar de tu pelo, por el color de tus uñas y cómo tirabas de mi falda de vuelo. Recuerdo como se detuvo el tiempo, como tus pestañas se alargaban con tu mirada. Como te besé una y mil veces, sin importarme nada.
Esa noche subimos a la buhardilla, habías colocado un colchón viejo y pétalos sobre las sábanas. Se me aceleró el pulso cuando me llevaste de la mano, sentía tu calor y quería quedármelo. Me tumbaste sobre la improvisada cama y me besaste con dulzura, tu pelo acariciando mi cuerpo. Te desataste la blusa, descubriendo ese sujetador que me gusta tanto. Me deshice de mi camiseta nueva, quería sentir mi piel junto a la tuya. No pude evitar volver a tus labios, saborear cada una de tus sonrisas. Y necesité bajar hacia el cuello, un recorrido que fue anhelo. Y te seguí besando, milímetro a milímetro, acercándome a tu pecho. Tus caricias no frenaron, siguieron las líneas de mi espalda. Y yo quise abarcar todo tu cuerpo. Desabrochaste tu pantalón ajustado, mostrando esas curvas que me volvían loca. Y metiste tus manos bajo mi falda y yo contraí mis piernas de forma instintiva. Reiste, agarraste mis medias y las fuiste bajando lentamente, como si saboreases cada poro de piel que se iba descubriendo. Nos deshicimos de las últimas prendas que quedaban. Mi respiración se aceleraba y la acallaste con más  besos.  Cada punto de mi cuerpo parecía gritar con tu contacto. Frenesí de caricias, risas y besos. No podía distinguir dónde acababa yo y donde empezaban tus pecas. Fuimos una en el revuelo. Y en tus besos bajaste más allá de lo prohibido, descubriste mi secreto y encontraste mis suspiros perdidos. La lujuria guió mis gritos, pero tuve que dejarlos en silencio. Agarré las sábanas para casi arrancarlas, mi cuerpo se dobló como nunca pudo. Y giré en la cama para ponerme encima, dominar este momento, sonreí con timidez y quise reflejar lo aprendido. No pareció que se me diese tan mal, más de una vez gritaste pero, sobre todo, te liberé en mil suspiros. Y la noche siguió en su apogeo: tú, yo y aquella cama. Nadie más supo el secreto, se me estremece la piel cada vez que lo pienso.
A partir de aquí nuestra historia fue en aumento, acabamos un curso lleno de momentos. Tantos y tan nuestros, que me tiraría dos vidas describiéndolos.
Pero ha llegado lo que más temíamos, lo que hemos estado evitando, cada una queremos ir a una universidad distinta. Tú has sido aceptada en una de las mejores universidades de Lyon, la ciudad en la que siempre has soñado estar. Te mereces esa beca con todo lo que has trabajado. Pero yo solo aspiro a una universidad aquí en Madrid.
Y si te he pedido que leas esta carta durante el viaje es porque no me salen las palabras, eres tan mía como yo soy tuya, eres la luz que me da vida, las sonrisas en la cama. Me inundan las lágrimas en esta despedida, y sé que no es para siempre, que volveremos a estar juntas, pero ahora me toca echar de menos esa mirada de hielo que tanto calor me daba.