jueves, 1 de septiembre de 2016

Lágrima inocente

La ciudad gritaba, silenciosa, con sus luces fugaces. Brillaban una detrás de otra, alargándose hasta el final de su aliento. Cualquiera diría que era la ciudad la que corría y el tren el que estaba quieto. Mis ojos cansados buscaban detenerse en algún punto, ni si quiera yo sabía qué andaban buscando. Una llama ardía dentro de mí, furiosa, notaba las lágrimas agolparse y yo no quería dejarlas caer. Solo quería perderme, simplemente olvidar. Lo que nadie sabe de estudiar magia, lo que nadie te cuenta, es que no es tan divertido como nos lo pintan. Ser mago conlleva muchas responsabilidades, vivir en un mundo elitista, en un mundo injusto. Mas no quería pensar en ello, hoy no. No más luchas internas, estaba demasiado cansado.
Ensimismado en este devenir de luces en un cielo apagado, apenas noté el tren detenerse en una de las estaciones de su viaje. Un fuerte pálpito se acomodó en mi pecho y un escalofrío me recorrió el cuerpo. La "Llamada del Guardián" como la denominaban en la escuela. Una lágrima inocente que avisa de la necesidad de protección y ayuda. Alguien me llamaba.
Me levanté del asiento con rapidez y no me detuve hasta que no crucé las puertas. Fue entonces cuando me di cuenta de que ni siquiera sabía dónde me había bajado. Busqué un letrero que diese nombre a mi ubicación y descubrí que nunca antes había estado en esa zona de la ciudad. No importaba, tenía un deber que cumplir y por ello comencé a caminar, sin saber muy bien hacia donde y fiándome de mi instinto.
Elegí especializarme como guardián para poder ayudar a la gente, era una forma noble de utilizar la magia y proveía de mucho conocimiento y hechizos de todo tipo. Además, siempre te premiaban con sonrisas.
Seguía andando, fijándome en los detalles, analizando las calles y girando cuando el pálpito se intensificaba. Edificios y casas de todo tipo, colores que preferían ocultarse en esta noche y luces ya no tan fugaces. Algunos paseaban, otros reían, pero ninguno era el artífice de mi llamada. Seguí caminando, sabía que podría encontrarte. Farolas y señales, suelo empedrado y mi sombra en la calzada. Aun oía tu llamada.
No sé cuanto anduve,  desapareció mi percepción del tiempo. No me importaba, ya estaba cerca, algo en mi interior me lo confirmaba. Y me detuve, todo mi cuerpo supo que ahí estabas. Alcé la mirada y pude ver tu ventana, aun con luz en su interior. Era esa o ninguna, la ventana más hermosa y carcelaria. Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Conjuré un hechizo de invisibilidad y comencé a levitar. Ascendí hasta el alféizar y descubrí quien me llamaba. Tú, sentado en tu silla estudiando, nervioso y preocupado. El chico de mi escuela que conocí en el lago, aquel que me pidió ayuda para capturar los diablillos que se habían escapado, que manejaba a la perfección los hechizos de agua. Sonreí sin darme cuenta. Era irónico, fuiste el primero en el que pensé al notar la llamada, siempre me acuerdo de la lágrima inocente con la que tu piel está marcada. Atento a tus apuntes, hacías bailar gotas de agua entre tus largos dedos. Me quedé hipnotizado con aquella danza, movías los dedos con cuidado. Detecté tu ánimo intranquilo, saturado, y abrí mis labios para susurrar los versos de un hechizo de calma. Sin parar, lo ligué con otro de aumento del ánimo. Suspiraste, se te veía cansado. Reconocí tu gesto, algo más alegre. Esa media sonrisa que me dedicas cuando nos encontramos, cuando tras las clases hablamos.
Seguí observándote otro rato, cuidando tu estado. Finalmente, estiraste tus brazos y decidiste dar el estudio por terminado. Apagaste la luz y cerraste los ojos sobre la almohada. Aun debía cuidarte, algo dentro de mí me decía que no había acabado. Deslicé mi cuerpo por la ventana, abierta por el calor ambiental, y me acerqué a tu yo tumbado. Formulé uno de mis mejores hechizos de suerte y lo activé con el contacto de mis labios sobre tu frente. Abriste los ojos despacio y rompiste mi invisibilidad con tu mirada, ni siquiera estabas asombrado. Y sonreíste como el verano, cálido y agradable, como el recuerdo de las olas acariciando mi cuerpo. La respiración se me detuvo por un momento.

- Pensé en ti y al final has venido.

Sonreí y me hiciste un hueco, dejando que me recostara a tu lado. Posaste tu rostro sobre mi pecho y yo decidí rodearte con mis brazos, darte todo mi apoyo.

- Duerme tranquilo, yo te estaré guardando- susurré en tu oído.

- Gracias por venir a cuidarme- dijiste mientras se te cerraban los ojos. Pronto estarías soñando con los mejores sueños que podía haber encontrado.- Por acudir a mi llamada.

- Nunca dejaré de hacerlo.