martes, 19 de abril de 2016

Negro Puro

Los últimos posos de claridad despuntaban el firmamento. Rayos anaranjados atravesaban los ventanales, adornando así el cabello de mis compañeros con reflejos dorados. Quedaban pocos minutos para que pudiésemos irnos a casa. Las clases sobre los Devoradores eran interesantes, mas hoy había sido un día cansado. La Academia Folklore se enorgullecía por preparar muy bien a sus alumnos: entrenamiento físico todas las mañanas y conocimientos teóricos por las tardes. Nos enseñaban a manejar diferentes armas para eliminar a los Devoradores que osasen cruzar las grietas. Sin embargo, yo tenía otros métodos de lucha, te tenía a ti. Desde que nací te tuve cerca, te podía sentir. Me ayudabas cuando hacía falta, siempre estabas ahí. No existíamos en el mismo mundo pero, de alguna forma, nos unía un vínculo. Nacimos entre las grietas y éstas formaron parte de nosotros. Estábamos conectados mentalmente y, aunque no podíamos vernos ni tocarnos directamente, sabíamos que nos teníamos el uno al otro.
Comenzamos como dos amigos prácticamente normales, charlábamos de nuestras cosas y nos ayudábamos. Crecimos totalmente juntos. Sin embargo, aprendimos a usar esto a nuestro favor. Descubrimos que la unión no solo servía para comunicarnos, podíamos sentir lo que el otro sentía e incluso podíamos compartir habilidades controlando brevemente el cuerpo del otro. Yo de un mundo centrado en el desarrollo tecnológico y tú parte de un mundo mágico. Ambos existían en equilibrio unidos por las grietas.
Aunque era mi campo, tú aprendiste a manejarte con las armas mucho mejor. Yo, en cambio, tuve mayor facilidad a la hora de usar la magia que te enseñaban. Nos compenetrábamos.
«Leo.»
El sonido de tu voz acompañó la campana de fin de clases, me despertó de mi ensimismamiento. Algo se removió en mi interior. No era el sonido de la campana, era el sonido de alarma. Me levanté de mi pupitre como había hecho ya la mayoría de la clase. Los Devoradores debían de haber cruzado una grieta cercana, últimamente lo hacían con demasiada frecuencia.  Como siempre, tú los habías detectado rápido.
«Se acercan rastreadores a tu posición.»
Tu voz sonaba serena, me recordó cómo conseguía calmarme cuando éramos más jóvenes. Ahora no me ponía nervioso ante éstas situaciones. Recogí mis dos pistolas y palpé mi cinturón para cerciorarme de que estaba la empuñadura de mi sable. Salí corriendo del aula. Normalmente había que pasar primero por la sala de control para saber dónde estaban atacando, pero yo no lo necesitaba. Esquivé a mis compañeros y bajé corriendo las escaleras. Empezaba a notar la adrenalina recorrer mi cuerpo.
«¿Hacia dónde Noel?»
Te pregunté mientras corría.
«Dirígete hacia el sur, hacia los jardines.»
Sin dudarlo un momento crucé los portones y me dirigí hacia donde decías. Seguía oyéndose la alarma y pude observar que ya había llegado alguno de los alumnos aventajados, armas en mano. Entre los árboles podía apreciar la agitación de la batalla, esto había empezado. Agarré una de las pistolas y recogí mi empuñadura para activar el sable. Se formó una afilada hoja metalizada al pulsarla.
«Toma el control.»
Noté tu calor en mi interior y aumentó más  mi euforia. Mi cuerpo entrenado seguía tu danza. Me hiciste correr hacia un árbol, agarrándote a sus ramas para subir más alto, y saltaste desde arriba. Giraste en el aire y con mi mano apuntaste al rastreador más cercano. Disparaste. Caímos cerca del enemigo, la bala había acertado en una de sus patas. Agitaba la cola y mostraba sus dientes. De un salto se abalanzó sobre mí, era muy rápido, pero tus reflejos lo eran aún más. Conseguiste parar el ataque con el filo del sable y usaste mi fuerza para apartarle. Gruñó enfadado. No podíamos darle tiempo a que volviese a atacar.
«Te toca. Utiliza la magia como solo tú sabes.»
Me devolviste el control de mi cuerpo y me cediste tu energía. Noté la grieta encenderse en mi interior, la magia fluyó a través de nosotros.
«Fuego.»
Convertí tu energía en calor hasta que prendieron llamas en mis manos, les di forma de esfera y mediante un ágil movimiento se las lancé al rastreador. Chocaron contra su pelaje azulado, consiguiendo que el enemigo se desplomase en el suelo. Antes de que se levantase corrí hacia él e hice un gesto hacia un arbusto cercano.
«Crece.»
Conseguí que sus ramas comenzasen a moverse y a deformarse para atrapar al rastreador. Llegué hasta él y volví a abrir el sable para clavárselo sobre los ojos, manchando la hierba con su sangre.
«Uno menos.»
Giré sobre mi mismo y observé a varios estudiantes y profesores enfrascados en sus propias batallas. Todo a mi alrededor era frenético.
Sin casi darme cuenta me rodearon otros dos rastreadores.
«No bajes la guardia. Déjame el movimiento y los disparos, tú lanza hechizos para apoyarme.»
«De acuerdo.»
Volví a cederte el control. Atacaste al rastreador de mi derecha. Estocada al lomo. Levantó sus garras y las esquivaste. Noté cómo se acercaba el otro.
«Pulsión.»
Lo aparte con una onda antes de que se acercara. Entre tanto, tú seguías atacando. Golpe, revés y giro. Corte tras corte, esquivando cola y garras. Más de una vez nos golpearon, mi cuerpo recibió más de una herida. Sangre y adrenalina. Sabias moverte, bailar en la batalla, y en poco tiempo conseguiste que el rastreador se debilitase.
«Descarga eléctrica.»
Unos rayos fluyeron por el cuerpo del monstruo haciendo que se retorciera. Finalmente cayó inerte sobre el suelo.
De repente noté un fuerte golpe a mi espalda. El otro rastreador. ¿Cómo podíamos haberlo olvidado? Pero tus reflejos seguían igual que siempre. Tras el golpe giraste mi cuerpo y disparaste.
«Explosión.»
Hice que la bala estallara al tocar al enemigo, lo que le hirió gravemente. Aun así, éste siguió en pie y comenzó a babear de rabia. No sé cómo pudo hacerlo pero el rastreador saltó en el aire. Tú conseguiste esquivarlo tranquilamente, salvo por parte de la saliva, que me quemó un poco el brazo. Ácido. Ésto era nuevo, ningún otro rastreador tenía saliva ácida. ¿Qué estaba pasando? Mientras me debatía tú seguiste esquivando ataques y lanzando estocadas. Abajo, salto y giro, espadazo, espadazo y barrido. Al final conseguiste acertarle en el cuello de un corte limpio. Cabeza y cuerpo se desplomaron inertes en la hierba, habíamos vencido.
«Algo no va bien. Cada vez aparecen con mayor frecuencia y van siendo más poderosos. ¿A qué será esto debido?»
Al parecer, por lo que podía observar en los rostros de los demás, terminando con los enemigos y resoplando, no éramos los únicos a los que les inquietaba la situación.
- Estamos en guerra.- Anunció la potente voz del director, que se acercaba mostrando un mapa en su dispositivo holográfico.- Han aparecido Devoradores por todo el mundo, las grietas se están saturando.
- Eso no puede acabar bien.- Gritó uno de los presentes.- En comparación con toda la población, somos pocos los que sabemos defendernos.
- ¿Realmente creéis que podremos con todos?
- Tenemos que defender a nuestros seres queridos.
- No podemos permitirlo.
Todos comenzaron a dar su opinión al respecto, cada uno más asustado al anterior. Comenzaban a perder la calma.
- Que no cunda el pánico.- Si algo se le daba bien al director era proyectar su voz, hacerse oír.- Somos la defensa principal de éste mundo. No es solo que debamos defenderlo, es que podemos.
Las palabras parecieron animar el ambiente en cierta medida. Ciertamente estábamos entrenados contra todo tipo de situaciones.
Me di cuenta de que hacía un rato que no decías nada, estabas pensando.
«¿Qué corroe por tu mente?»
«¿Tanto se me nota?»
Casi pude apreciar tu sonrisa burlona. Conocía demasiado bien ese tono de voz que ponías cuando te pillaba.
«Sabes que no podréis con tantos, que no solo os enfrentais a los que ya están dentro, seguirán entrando más si no hacemos algo.»
«No quería decirlo en voz alta, pero también lo he pensado. Nos enfrentamos a algo grande. ¿Qué sugieres?»
Sabía que tu mente avispada ya había pensado en algo. No eres de los que solo piensa en los problemas sin buscarles soluciones.
«Hay una opción, pero es arriesgada.»
«Lo que sea si así conseguimos solucionarlo, no soportaría ver mi mundo destruido.»
«Déjame que te guíe entonces. Observa a través de mis ojos, ésta aventura transcurre en un mundo de fantasía.»
No pude evitar sonreír, siempre conseguías darle un toque épico a la vida.
«¿Ni si quiera vas a comentarme el plan? ¿Ni una pistita?»
«Cuantos menos detalles sepas mejor. No querrás que te desvele el final de la historia, ¿no? Por cierto, con el último hechizo has puesto mis reservas al mínimo, necesitaré un rato antes de que podamos volver a lanzar alguno.»
Asentí alegremente sabiendo que sentirías el movimiento y accedí a tu mente, me puse a observar desde tus ojos. Todo se llenó de color a nuestro alrededor. Vuestros jardines siempre estaban llenos de una flora fascinante. Vegetación de hojas azuladas, flores de pétalos luminosos e incluso zarzas plateadas. Siempre me había parecido precioso. Y me acordé de lo que comentabas cuando éramos pequeños, que la magia era como los colores del mundo y que, cuanto más oscuros tuvieses los ojos, más poder podías absorber. Nunca supe si creérmelo del todo, pero me gustaba cómo me lo explicabas.
Comenzaste a caminar abandonando los jardines de tu escuela, un castillito con ladrillos de distintas tonalidades y grandes ventanales. Aceleraste para adentrarte en la espesura del bosque. El ambiente parecía sentirse inquieto, éste era el mundo de los Devoradores, que aunque aquí eran menos hostiles, nunca sabías cómo te podían contestar si te los cruzabas. Pasaban a nuestro mundo en busca de otros seres vivos de los que alimentarse ya que les aportaban mayor cantidad de energía, de ahí su nombre. Arrasaban con todo lo que podían.
Avanzábamos a paso apresurado, internándonos cada vez más. Como en la batalla, esquivabas ramas y piedras, saltabas las rocas. Siempre he admirado tu agilidad.
De repente, se oyó un gruñido y un estruendo de hojarasca y ramas que se partían. Era un Devorador enorme, un monstruoso tanque, como les llamábamos en la academia. De pelaje plateado, parecía casi metálico. Grandes garras y una espalda acorazada. Se alzaba a dos patas, lo que hacía su aspecto mucho más temible e impactante.
Desenvainaste tu espada de metal templado y saltaste antes de que reaccionara. Comenzaba la batalla.
Corriste hacia el inmenso ser, buscando atacar sus piernas y giraste la espada para acertarle. El monstruo se apartó e intentó destriparte con una de sus garras, pero era demasiado lento para ti. Esquivaste sin problemas, utilizaste el impulso para deslizarte y atacar con un barrido. Acertaste en el talón, pero contra ese mastodonte no era más que un rasguño. Volviste a levantarte, espadazo tras espadazo, girabas para acertarle y saltabas para esquivarle.
«Vuelvo a estar casi cargado, aunque no del todo.»
Esa era mi señal para empezar a lanzar hechizos. Pero yo ya los estaba preparando desde antes.
«Ventisca de hielo.»
El aire comenzó a arremolinarse a tu alrededor y fue bajando su temperatura. Se formaban cristales de hielo y, cuando estuvo lista la dirigí contra nuestro enemigo. La dureza del hielo lo detuvo y congelé el pelaje de sus patas, no podía moverse y concentré el ataque en el resto de su cuerpo. Se le clavaron varios cristales, derramaba lágrimas de sangre por varias heridas. Tú aprovechaste el momento. Te apoyaste en una de sus patas flexionadas para impulsarte. Desde arriba levantaste la espada por encima de tu cabeza y, al caer, descendiste en punta sobre su cabeza. Sin embargo, un segundo antes de ensartarle, se desprendió del hielo con un rugido terrible y de un zarpazo te dejó en el suelo. Intentaste levantarte, pero resbalaste en los restos de hielo. Mi propio hechizo se volvió contra ti. El tanque ya estaba encima de ti, veía su saliva descender por su boca, acariciando sus afilados dientes. ¿Cómo había cogido tanta velocidad? Intentaste parar su golpe con la espada, mas te la lanzó demasiado lejos para alcanzarla. Sentí tu impotencia y sus garras volvían a descender, tenía que hacer algo. Acumulé gran cantidad de energía y recé para que funcionara lo que pasaba por mi cabeza. Alcé tu mano hacia la cabeza del monstruo y disparé. El estruendo llenó el lugar. Había funcionado, podía incluso notar tu asombro. Conseguí traer una de mis pistolas a tu mundo. Volviste en ti y te apartaste antes de que te aplastase el cuerpo inerte del Devorador. Después te quedaste resoplando un rato en el suelo.
«¿Cómo lo has hecho?»
«Utilizando la misma idea por la que tú traspasas la magia a mi mundo.»
«Siempre agradeceré tu gran astucia y rapidez mental.»
Noté una sonrisa formarse en tu rostro y convertirse en carcajada. Yo te acompañé riendo también.
Al rato, y cuando ya nos calmamos, te levantaste dolorido y cansado, siempre lo dabas todo en la batalla.
«Aura sanadora.»
Recordé pronunciar para curarnos, aproveché incluso para curar mi propio cuerpo al otro lado.
«Gracias Leo. Tú siempre tan atento. Debemos continuar.»
Y proseguimos nuestro viaje hacia aquel sitio misterioso, profundizando aun más en el bosque. Hacía rato que había anochecido y se oían los susurros de la noche. Me fijé en como tus movimientos no  se sumaban como sonidos, eras tan grácil que no crujías rama alguna. Y me fascinaba como, con tus ojos, podíamos ver mejor en la oscuridad. Estaba encantado con tu mundo.
«¿Cuándo me vas a decir a dónde vamos?»
«Pronto, no seas impaciente.»
«No me llevarás a un sitio "tranquilo" para pasar los últimos momentos antes de que los Devoradores destruyan mi mundo, ¿no?»
«Me conoces demasiado bien.»
Comenzamos a reírnos del comentario, con la risa casi acompasada, era demasiado divertido sentirnos mutuamente, se intensificaban las sensaciones. Si no fuese por el peligro que corría mi mundo, ésto sería casi un paseo agradable. Pasaron varios minutos en nuestro propio silencio hasta que volviste a pronunciarte.
«Estamos llegando.»
Al fondo, entre los árboles pude apreciar lo que parecía ser un antiguo edificio. Se oía el sonido lejano de agua corriente. Y al acercarnos un poco más se mostró ante nosotros una imagen maravillosa. Era una especie de templito de pisos escalonados, hecho con bloques de piedra rojiza y adornado con hiedras doradas que lo rodeaban. Pero lo más impresionante era que estaba en el centro de un pequeño lago, sobre una isla a la que se accedía por un puentecito de piedra esculpida. Además, de la cima del templo caían unas cascadas por cada una de las cuatro caras, una de ellas separada en dos por un tejado a dos aguas que guardaba la entrada.
«¡Es impresionante!»
«Por supuesto, a ver si te crees que te voy a llevar a sitios feos. Vamos dentro y te explico lo que he... hemos venido a hacer.»
Entraste por el arco de entrada y comenzaste a descender las escaleras hacia el interior del templo. El pasadizo estaba iluminado por lucecitas flotantes. Me encantaba el mundo mágico.
Llegamos hasta el final de los escalones y empecé a extrañarme de que no hubiese nadie cuando el filo de una lanza nos cortó el paso.
- No podéis pasar al Templo del Cristal.- Dijo el guardia con tono amenazante.
«Duérmele con un hechizo, no quiero hacerle daño.»
«Vale. Sueño.»
Pero no hizo nada, el guardia siguió en su puesto. Entonces me fijé en la diadema que llevaba en la cabeza, con una perla roja enorme, a juego con su armadura dorada y carmesí.
«Es un bloqueador de magia por lo que tendremos que actuar al modo directo.»
Desenvainaste la espada en menos de un segundo y lanzaste una estocada directa a uno de los pliegues del guardia. Éste fue a defenderse con su lanza pero, de repente, tú giraste de forma inesperada, le rodeaste y le asestaste un golpe en el cuello con el mango de la espada. Cayó desplomado creando un estruendo metálico en la sala.
«No podemos perder tiempo.»
Dejando el cuerpo inconsciente del guardia en el suelo corriste hasta el centro de la sala, donde se hallaba un inmenso cristal flotante que brillaba por sí mismo. El suelo estaba adornado por runas de distintos colores. Era un lugar muy místico.
«Éste cristal mantiene las grietas estables, permite el traspaso de energía y la materia de un mundo a otro. Si nosotros, que albergamos una grieta dentro, lo tocamos podemos hacer de conductores. Eso crearía una sobreexcitación de energía que desactivaría la mayoría de las grietas y evitaría el paso de los Devoradores.»
«Pero... eso también crearía una sobrecarga de energía en tu cuerpo.»
Entonces sentí unas lágrimas recorrer tu rostro y lo entendí todo. No me explicaste el plan porque sabías lo que iba a pasar, eres de esas personas que se sacrificaría si hiciese falta.
«No. Tiene que haber otra solución, no voy a permitir que hagas eso.»
«¿Hacer el qué? ¿Salvar tu mundo? ¿Salvarte a ti? Está decidido, es lo que debo hacer.»
«Pensaremos algo, Noel. No tienes por qué sacrificarte.»
Y tu silencio me hirió más que nada, sentir tus lágrimas agolpadas en tus ojos, sentir las mías nacientes. Me era imposible imaginarme una vida en la que no estuvieras, eras parte de mí.
«Lo siento Leo. Siento no habértelo dicho antes, no quería hacerte daño. Eres demasiado importante para mí como para no salvarte.»
Pero debido a la tristeza no supe qué contestar. Habías decidido sacrificarte y no conseguía asimilarlo. Tú eras la calma de mis días malos, la voz de mi conciencia, el abrazo con el que borrar mis lágrimas y, sobre todo, la causa de mi sonrisa. Nunca nos habíamos tocado, ni si quiera nos habíamos visto directamente, salvo en reflejos cuando entrábamos en el cuerpo del otro. Y aun así, con todo lo que habíamos sentido, todo lo que habíamos vivido, teníamos un vínculo muy intenso. Yo sabía que te amaba, que mi sueño era encontrarte, vivir junto a ti toda mi vida, simplemente abrazarte y ser feliz juntos.
«Sé lo que estás pensando. Yo también desearía abrazarte, tenerte entre mis brazos. Pero prefiero morir y que tú puedas ser feliz, encontrar otra persona importante. Te debo mucho y no me permitiría verte sufrir.»
«Yo también te debo demasiado. No es lógico que para que yo no sufra, seas tú el que lo haga.»
«Consiguiendo que vivas y seas feliz es la única forma de que yo no sufra.»
Y sin dejarme un segundo para contestar te acercaste al cristal. Intenté detenerte, pero habías bloqueado la posesión. Ibas a hacerlo, no había vuelta atrás. Y lo tocaste. Tocaste el cristal sin miramientos y borraste tu dolor antes de que pudiera sentirlo. Noté el aumento de energía, sabía que te dolía, y absorto en mi frustración el mundo se volvió negro.
Abrí los ojos y ahí estabas. Tú. Físicamente con tus rizos azabache. Tú con tus ojos negros y esa sonrisa que creaba mareas. Y me abrazaste, me rodeaste con tus brazos con ternura, tan fuerte y agradable que no podía creerlo. Alojé mi cabeza en tu pecho y te devolví el abrazo. No era un sueño, pero tampoco era real. Al notar tu llanto me di cuenta de que estábamos en alguna parte dentro de mí, el hueco de la grieta.
- He conseguido unos minutos de despedida.- Susurraste al tiempo que se te rompía la voz. A mí se me rompía el alma.
Yo te abracé más fuerte, quería que éste momento fuese eterno, y por querer, quería que mis lágrimas callaran, poder mostrarte mi mejor sonrisa antes de que te fueras.
- No me dejes. Sin ti la vida es frágil, puede romperse en cualquier momento. Eres el sol que me da calor, el latir frenético de mi pecho.
- Mi grandioso Leonel, eres un chico atento y perspicaz, con un ingenio maravilloso. Eres la luna que brilla en la noche, todo corazón, la brisa fresca en un golpe de calor.
Y aún con lágrimas en los ojos decidí besarte, posar mis labios sobre los tuyos y fundirnos, de nuevo, en uno solo. Era mi primer beso, dulce y apasionado. Pero, mientras ocurría, tú fuiste desapareciendo, desaciéndote en lucecitas blancas. Dejé de sentir tus labios y lo último que vi fue tu mirada serena, tus alegres ojos negros. Esbocé por fin el intento de mi mejor sonrisa, y eso te alegró aún más, tus ojos brillaron más intensamente.
Volví a despertar, ésta vez realmente y en mi cuerpo. En mi rostro había aún un pequeño rastro de una sonrisa triste y los suspiros llenaban mi pecho. Estaba en mi cama, alguien debió de llevarme en el fragor de la batalla. Me acerqué a mi espejo, ahí estaba yo sintiéndome vacío, pero algo era distinto. Mis ojos, no eran castaños como siempre. Eran negros, negro puro como los tuyos, negro puro para poder usar la magia.
- Brisa.
Una corriente de aire recorrió mi cuerpo y se arremolinó por mi habitación.

Comencé a llorar, no solo te marchabas para que yo viviera, me dejabas como legado el mejor regalo del mundo. ¡Muchas gracias Noel! Por existir, por hacerme la vida más llevadera y por cuidar de mí incluso al irte. Te querré siempre.