lunes, 18 de enero de 2016

Verde olvido

Un intenso zumbido me despierta. Levanto los párpados con cautela, algo me dice que no me va a gustar lo que voy a encontrar. No sé dónde estoy, giro a mi alrededor y no me ubico. Ni siquiera sé cómo he llegado hasta allí. Es una nave, eso seguro, pero no es la mía. Empiezo a asustarme, no recuerdo nada, todo lo anterior a esto se ha esfumado. Como cuando despiertas y sabes que has soñado, pero no sabes con qué. Así me siento. Intento levantarme sujetándome a la pared, mi traje espacial pesa demasiado y se me tensa el cuerpo. Dolor. Una sensación que se acentúa conforme voy tomando conciencia de mi existencia. Y este casco sobre mi cabeza, reduce mi visión y me molesta, pero no consigo quitármelo, tendré que dejármelo puesto. Aun con ello siento un hedor repulsivo, no sé cuanto podré aguantarlo.
Veo unas letras en una de las paredes y me acerco para observarlas por si me ofrecen alguna pista. Nada. No tienen sentido. Debe de ser una nave alienígena, como si hubiese pocas en el espacio. Sin embargo hay una marca en un borde que quiere sonarme, que me llama. La rozo con la yema de los dedos y, de repente, una melodía fluye por mi mente, imágenes cambiantes que no se coordinan. Y sin más para, pero no para traer silencio, para nombrar algo peligroso, algo que nadie querría oír: Labyrinth Spacecraft. El miedo corroe lentamente cada poro de mi cuerpo, y me estremezco. No puede ser. No podían haberme elegido a mí para sus juegos. Estaba en la "Nave Laberinto", lugar detestable y show televisivo. Era simplemente asqueroso. Seleccionaban a gente siguiendo un oscuro método que nadie quería saber, les encerraban en una nave misteriosa y les hacían seguir sus reglas para poder salir. Muy poca gente lo conseguía, y los que lo hacían no quedaban precisamente cuerdos. Pero eso no era lo peor, no. Había algo que hacía mucho más "maravillosa" a esta nave. Cuanto más tiempo pasabas en ella, menos recuerdos te quedaban. Solo aquellos ligados al subconsciente, a emociones muy fuertes, conseguían mantenerse, muchas veces ni eso. Me entran arcadas, mi corazón se va a salir desbocado de mi pecho. ¿Por qué yo?
Prácticamente ya con lágrimas empapando mi rostro me sobresalta un gruñido. Dada mi suerte estaba claro que no podía ser humano, que algo se acercaba y me acechaba. El sonido se incrementa por momentos, mi respiración se acelera. ¡Necesito salir de aquí! Pero no tuve tiempo, al segundo lo tenía encima. Un bicho repulsivo se me acerca, es enorme y viscoso. Y verde. Por un momento ese color me paraliza. Es un verde que me recuerda a algo, ¿pero a qué? Sin pensarlo mucho más palpo por instinto mi cinturón. ¡Eureka! Hay una pistola. La saco con rapidez y disparo, casi sin mirar. Esto parece dárseme bien, he acertado de lleno y, mediante el sonido más desagradable que podía imaginar, el bicho revienta. Lo deja todo pringado del líquido que lo formaba. Un charco esmeralda donde antes había solo suelo. Y algo más. Mi mente vuelve a llenarse de imágenes sueltas, no parecen tener coherencia. Más ahí estaban, esos ojos pícaros de mirada burlona, ese bosque que me abraza. Tan verdes, tan llenos de vida, que me encantaban. Tan verde olvido. Mirarlos hacía que todo lo demás desapareciera. Me escrutaban curiosos y me purgaban el alma. Me di cuenta de que todo rastro de miedo había desaparecido, se cambió por calma. ¿Cómo podía haber olvidado esa mirada? No pude evitar sonreír y eso a su vez recordó su sonrisa. Una curva perfecta en sus tiernos labios, una caricia cálida y divertida. Esa sonrisa, con todas sus letras en mayúscula. Por fin logré montar el puzle, me acordé de toda ella. Una chica dulce, de risa musical y encantadora. Una chica que para mí era un todo, que no solo me hacía feliz, me hacía sentirme yo, libre y diferente. Me hacía sentirme simplemente especial.
Era lo único que recordaba, en mi mente nada más había y, sin embargo, algo no cuadraba. No recordaba sus besos, sus caricias, nunca los hubo. Yo la veía como una amiga, al menos eso creía. Pero, ¿por qué ahora parecía tan distinto? ¿Por qué no paraba de pensar en ella? ¿Siempre había sido tan intenso y no me había dado cuenta? Me gustaría pensar que no, pero algo me dice que sería mentira. Siempre lo supe y no quise verlo. Le negué mi corazón, pero en realidad solo me negaba a mí misma. Que fuese una mujer no era lo que me asustaba, sabía que no. Simplemente quise protegerme ante este sentimiento, este amargo sentimiento que a todos nos atrapa y nos devora por dentro.

Entonces me di cuenta. Tenía una meta, algo que lograr. Debía salir de aquella nave, lucharía por mi vida y sobreviviría. Tenía que encontrarla, susurrarle al oído lo mucho que me llena. Tenía que abrazarla, besarla, al menos una última vez y, con suerte, el resto de mi vida. ¡Espérame porque estoy llegando! Nadie podrá pararme ahora. 

1 comentario: