lunes, 28 de noviembre de 2016

Despertar


Y descubrí que el tiempo es tiempo,
que no deja mirar atrás.
Da lugar al triste olvido,
al dolor y a no soñar.

Mas llegaste tú a mi mundo,
sonreíste a la eternidad.
Devolviste mi alegría,
desempolvaste mi verdad.

Que la magia surge 
y me enloquece.
Nos envuelve sin cesar.

Que te pienso y te suspiro.
Que te sueño, te anhelo y te sonrío.
Te rodeo con mis brazos
y me vuelvo a despertar.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Lágrima inocente

La ciudad gritaba, silenciosa, con sus luces fugaces. Brillaban una detrás de otra, alargándose hasta el final de su aliento. Cualquiera diría que era la ciudad la que corría y el tren el que estaba quieto. Mis ojos cansados buscaban detenerse en algún punto, ni si quiera yo sabía qué andaban buscando. Una llama ardía dentro de mí, furiosa, notaba las lágrimas agolparse y yo no quería dejarlas caer. Solo quería perderme, simplemente olvidar. Lo que nadie sabe de estudiar magia, lo que nadie te cuenta, es que no es tan divertido como nos lo pintan. Ser mago conlleva muchas responsabilidades, vivir en un mundo elitista, en un mundo injusto. Mas no quería pensar en ello, hoy no. No más luchas internas, estaba demasiado cansado.
Ensimismado en este devenir de luces en un cielo apagado, apenas noté el tren detenerse en una de las estaciones de su viaje. Un fuerte pálpito se acomodó en mi pecho y un escalofrío me recorrió el cuerpo. La "Llamada del Guardián" como la denominaban en la escuela. Una lágrima inocente que avisa de la necesidad de protección y ayuda. Alguien me llamaba.
Me levanté del asiento con rapidez y no me detuve hasta que no crucé las puertas. Fue entonces cuando me di cuenta de que ni siquiera sabía dónde me había bajado. Busqué un letrero que diese nombre a mi ubicación y descubrí que nunca antes había estado en esa zona de la ciudad. No importaba, tenía un deber que cumplir y por ello comencé a caminar, sin saber muy bien hacia donde y fiándome de mi instinto.
Elegí especializarme como guardián para poder ayudar a la gente, era una forma noble de utilizar la magia y proveía de mucho conocimiento y hechizos de todo tipo. Además, siempre te premiaban con sonrisas.
Seguía andando, fijándome en los detalles, analizando las calles y girando cuando el pálpito se intensificaba. Edificios y casas de todo tipo, colores que preferían ocultarse en esta noche y luces ya no tan fugaces. Algunos paseaban, otros reían, pero ninguno era el artífice de mi llamada. Seguí caminando, sabía que podría encontrarte. Farolas y señales, suelo empedrado y mi sombra en la calzada. Aun oía tu llamada.
No sé cuanto anduve,  desapareció mi percepción del tiempo. No me importaba, ya estaba cerca, algo en mi interior me lo confirmaba. Y me detuve, todo mi cuerpo supo que ahí estabas. Alcé la mirada y pude ver tu ventana, aun con luz en su interior. Era esa o ninguna, la ventana más hermosa y carcelaria. Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Conjuré un hechizo de invisibilidad y comencé a levitar. Ascendí hasta el alféizar y descubrí quien me llamaba. Tú, sentado en tu silla estudiando, nervioso y preocupado. El chico de mi escuela que conocí en el lago, aquel que me pidió ayuda para capturar los diablillos que se habían escapado, que manejaba a la perfección los hechizos de agua. Sonreí sin darme cuenta. Era irónico, fuiste el primero en el que pensé al notar la llamada, siempre me acuerdo de la lágrima inocente con la que tu piel está marcada. Atento a tus apuntes, hacías bailar gotas de agua entre tus largos dedos. Me quedé hipnotizado con aquella danza, movías los dedos con cuidado. Detecté tu ánimo intranquilo, saturado, y abrí mis labios para susurrar los versos de un hechizo de calma. Sin parar, lo ligué con otro de aumento del ánimo. Suspiraste, se te veía cansado. Reconocí tu gesto, algo más alegre. Esa media sonrisa que me dedicas cuando nos encontramos, cuando tras las clases hablamos.
Seguí observándote otro rato, cuidando tu estado. Finalmente, estiraste tus brazos y decidiste dar el estudio por terminado. Apagaste la luz y cerraste los ojos sobre la almohada. Aun debía cuidarte, algo dentro de mí me decía que no había acabado. Deslicé mi cuerpo por la ventana, abierta por el calor ambiental, y me acerqué a tu yo tumbado. Formulé uno de mis mejores hechizos de suerte y lo activé con el contacto de mis labios sobre tu frente. Abriste los ojos despacio y rompiste mi invisibilidad con tu mirada, ni siquiera estabas asombrado. Y sonreíste como el verano, cálido y agradable, como el recuerdo de las olas acariciando mi cuerpo. La respiración se me detuvo por un momento.

- Pensé en ti y al final has venido.

Sonreí y me hiciste un hueco, dejando que me recostara a tu lado. Posaste tu rostro sobre mi pecho y yo decidí rodearte con mis brazos, darte todo mi apoyo.

- Duerme tranquilo, yo te estaré guardando- susurré en tu oído.

- Gracias por venir a cuidarme- dijiste mientras se te cerraban los ojos. Pronto estarías soñando con los mejores sueños que podía haber encontrado.- Por acudir a mi llamada.

- Nunca dejaré de hacerlo.

martes, 19 de abril de 2016

Negro Puro

Los últimos posos de claridad despuntaban el firmamento. Rayos anaranjados atravesaban los ventanales, adornando así el cabello de mis compañeros con reflejos dorados. Quedaban pocos minutos para que pudiésemos irnos a casa. Las clases sobre los Devoradores eran interesantes, mas hoy había sido un día cansado. La Academia Folklore se enorgullecía por preparar muy bien a sus alumnos: entrenamiento físico todas las mañanas y conocimientos teóricos por las tardes. Nos enseñaban a manejar diferentes armas para eliminar a los Devoradores que osasen cruzar las grietas. Sin embargo, yo tenía otros métodos de lucha, te tenía a ti. Desde que nací te tuve cerca, te podía sentir. Me ayudabas cuando hacía falta, siempre estabas ahí. No existíamos en el mismo mundo pero, de alguna forma, nos unía un vínculo. Nacimos entre las grietas y éstas formaron parte de nosotros. Estábamos conectados mentalmente y, aunque no podíamos vernos ni tocarnos directamente, sabíamos que nos teníamos el uno al otro.
Comenzamos como dos amigos prácticamente normales, charlábamos de nuestras cosas y nos ayudábamos. Crecimos totalmente juntos. Sin embargo, aprendimos a usar esto a nuestro favor. Descubrimos que la unión no solo servía para comunicarnos, podíamos sentir lo que el otro sentía e incluso podíamos compartir habilidades controlando brevemente el cuerpo del otro. Yo de un mundo centrado en el desarrollo tecnológico y tú parte de un mundo mágico. Ambos existían en equilibrio unidos por las grietas.
Aunque era mi campo, tú aprendiste a manejarte con las armas mucho mejor. Yo, en cambio, tuve mayor facilidad a la hora de usar la magia que te enseñaban. Nos compenetrábamos.
«Leo.»
El sonido de tu voz acompañó la campana de fin de clases, me despertó de mi ensimismamiento. Algo se removió en mi interior. No era el sonido de la campana, era el sonido de alarma. Me levanté de mi pupitre como había hecho ya la mayoría de la clase. Los Devoradores debían de haber cruzado una grieta cercana, últimamente lo hacían con demasiada frecuencia.  Como siempre, tú los habías detectado rápido.
«Se acercan rastreadores a tu posición.»
Tu voz sonaba serena, me recordó cómo conseguía calmarme cuando éramos más jóvenes. Ahora no me ponía nervioso ante éstas situaciones. Recogí mis dos pistolas y palpé mi cinturón para cerciorarme de que estaba la empuñadura de mi sable. Salí corriendo del aula. Normalmente había que pasar primero por la sala de control para saber dónde estaban atacando, pero yo no lo necesitaba. Esquivé a mis compañeros y bajé corriendo las escaleras. Empezaba a notar la adrenalina recorrer mi cuerpo.
«¿Hacia dónde Noel?»
Te pregunté mientras corría.
«Dirígete hacia el sur, hacia los jardines.»
Sin dudarlo un momento crucé los portones y me dirigí hacia donde decías. Seguía oyéndose la alarma y pude observar que ya había llegado alguno de los alumnos aventajados, armas en mano. Entre los árboles podía apreciar la agitación de la batalla, esto había empezado. Agarré una de las pistolas y recogí mi empuñadura para activar el sable. Se formó una afilada hoja metalizada al pulsarla.
«Toma el control.»
Noté tu calor en mi interior y aumentó más  mi euforia. Mi cuerpo entrenado seguía tu danza. Me hiciste correr hacia un árbol, agarrándote a sus ramas para subir más alto, y saltaste desde arriba. Giraste en el aire y con mi mano apuntaste al rastreador más cercano. Disparaste. Caímos cerca del enemigo, la bala había acertado en una de sus patas. Agitaba la cola y mostraba sus dientes. De un salto se abalanzó sobre mí, era muy rápido, pero tus reflejos lo eran aún más. Conseguiste parar el ataque con el filo del sable y usaste mi fuerza para apartarle. Gruñó enfadado. No podíamos darle tiempo a que volviese a atacar.
«Te toca. Utiliza la magia como solo tú sabes.»
Me devolviste el control de mi cuerpo y me cediste tu energía. Noté la grieta encenderse en mi interior, la magia fluyó a través de nosotros.
«Fuego.»
Convertí tu energía en calor hasta que prendieron llamas en mis manos, les di forma de esfera y mediante un ágil movimiento se las lancé al rastreador. Chocaron contra su pelaje azulado, consiguiendo que el enemigo se desplomase en el suelo. Antes de que se levantase corrí hacia él e hice un gesto hacia un arbusto cercano.
«Crece.»
Conseguí que sus ramas comenzasen a moverse y a deformarse para atrapar al rastreador. Llegué hasta él y volví a abrir el sable para clavárselo sobre los ojos, manchando la hierba con su sangre.
«Uno menos.»
Giré sobre mi mismo y observé a varios estudiantes y profesores enfrascados en sus propias batallas. Todo a mi alrededor era frenético.
Sin casi darme cuenta me rodearon otros dos rastreadores.
«No bajes la guardia. Déjame el movimiento y los disparos, tú lanza hechizos para apoyarme.»
«De acuerdo.»
Volví a cederte el control. Atacaste al rastreador de mi derecha. Estocada al lomo. Levantó sus garras y las esquivaste. Noté cómo se acercaba el otro.
«Pulsión.»
Lo aparte con una onda antes de que se acercara. Entre tanto, tú seguías atacando. Golpe, revés y giro. Corte tras corte, esquivando cola y garras. Más de una vez nos golpearon, mi cuerpo recibió más de una herida. Sangre y adrenalina. Sabias moverte, bailar en la batalla, y en poco tiempo conseguiste que el rastreador se debilitase.
«Descarga eléctrica.»
Unos rayos fluyeron por el cuerpo del monstruo haciendo que se retorciera. Finalmente cayó inerte sobre el suelo.
De repente noté un fuerte golpe a mi espalda. El otro rastreador. ¿Cómo podíamos haberlo olvidado? Pero tus reflejos seguían igual que siempre. Tras el golpe giraste mi cuerpo y disparaste.
«Explosión.»
Hice que la bala estallara al tocar al enemigo, lo que le hirió gravemente. Aun así, éste siguió en pie y comenzó a babear de rabia. No sé cómo pudo hacerlo pero el rastreador saltó en el aire. Tú conseguiste esquivarlo tranquilamente, salvo por parte de la saliva, que me quemó un poco el brazo. Ácido. Ésto era nuevo, ningún otro rastreador tenía saliva ácida. ¿Qué estaba pasando? Mientras me debatía tú seguiste esquivando ataques y lanzando estocadas. Abajo, salto y giro, espadazo, espadazo y barrido. Al final conseguiste acertarle en el cuello de un corte limpio. Cabeza y cuerpo se desplomaron inertes en la hierba, habíamos vencido.
«Algo no va bien. Cada vez aparecen con mayor frecuencia y van siendo más poderosos. ¿A qué será esto debido?»
Al parecer, por lo que podía observar en los rostros de los demás, terminando con los enemigos y resoplando, no éramos los únicos a los que les inquietaba la situación.
- Estamos en guerra.- Anunció la potente voz del director, que se acercaba mostrando un mapa en su dispositivo holográfico.- Han aparecido Devoradores por todo el mundo, las grietas se están saturando.
- Eso no puede acabar bien.- Gritó uno de los presentes.- En comparación con toda la población, somos pocos los que sabemos defendernos.
- ¿Realmente creéis que podremos con todos?
- Tenemos que defender a nuestros seres queridos.
- No podemos permitirlo.
Todos comenzaron a dar su opinión al respecto, cada uno más asustado al anterior. Comenzaban a perder la calma.
- Que no cunda el pánico.- Si algo se le daba bien al director era proyectar su voz, hacerse oír.- Somos la defensa principal de éste mundo. No es solo que debamos defenderlo, es que podemos.
Las palabras parecieron animar el ambiente en cierta medida. Ciertamente estábamos entrenados contra todo tipo de situaciones.
Me di cuenta de que hacía un rato que no decías nada, estabas pensando.
«¿Qué corroe por tu mente?»
«¿Tanto se me nota?»
Casi pude apreciar tu sonrisa burlona. Conocía demasiado bien ese tono de voz que ponías cuando te pillaba.
«Sabes que no podréis con tantos, que no solo os enfrentais a los que ya están dentro, seguirán entrando más si no hacemos algo.»
«No quería decirlo en voz alta, pero también lo he pensado. Nos enfrentamos a algo grande. ¿Qué sugieres?»
Sabía que tu mente avispada ya había pensado en algo. No eres de los que solo piensa en los problemas sin buscarles soluciones.
«Hay una opción, pero es arriesgada.»
«Lo que sea si así conseguimos solucionarlo, no soportaría ver mi mundo destruido.»
«Déjame que te guíe entonces. Observa a través de mis ojos, ésta aventura transcurre en un mundo de fantasía.»
No pude evitar sonreír, siempre conseguías darle un toque épico a la vida.
«¿Ni si quiera vas a comentarme el plan? ¿Ni una pistita?»
«Cuantos menos detalles sepas mejor. No querrás que te desvele el final de la historia, ¿no? Por cierto, con el último hechizo has puesto mis reservas al mínimo, necesitaré un rato antes de que podamos volver a lanzar alguno.»
Asentí alegremente sabiendo que sentirías el movimiento y accedí a tu mente, me puse a observar desde tus ojos. Todo se llenó de color a nuestro alrededor. Vuestros jardines siempre estaban llenos de una flora fascinante. Vegetación de hojas azuladas, flores de pétalos luminosos e incluso zarzas plateadas. Siempre me había parecido precioso. Y me acordé de lo que comentabas cuando éramos pequeños, que la magia era como los colores del mundo y que, cuanto más oscuros tuvieses los ojos, más poder podías absorber. Nunca supe si creérmelo del todo, pero me gustaba cómo me lo explicabas.
Comenzaste a caminar abandonando los jardines de tu escuela, un castillito con ladrillos de distintas tonalidades y grandes ventanales. Aceleraste para adentrarte en la espesura del bosque. El ambiente parecía sentirse inquieto, éste era el mundo de los Devoradores, que aunque aquí eran menos hostiles, nunca sabías cómo te podían contestar si te los cruzabas. Pasaban a nuestro mundo en busca de otros seres vivos de los que alimentarse ya que les aportaban mayor cantidad de energía, de ahí su nombre. Arrasaban con todo lo que podían.
Avanzábamos a paso apresurado, internándonos cada vez más. Como en la batalla, esquivabas ramas y piedras, saltabas las rocas. Siempre he admirado tu agilidad.
De repente, se oyó un gruñido y un estruendo de hojarasca y ramas que se partían. Era un Devorador enorme, un monstruoso tanque, como les llamábamos en la academia. De pelaje plateado, parecía casi metálico. Grandes garras y una espalda acorazada. Se alzaba a dos patas, lo que hacía su aspecto mucho más temible e impactante.
Desenvainaste tu espada de metal templado y saltaste antes de que reaccionara. Comenzaba la batalla.
Corriste hacia el inmenso ser, buscando atacar sus piernas y giraste la espada para acertarle. El monstruo se apartó e intentó destriparte con una de sus garras, pero era demasiado lento para ti. Esquivaste sin problemas, utilizaste el impulso para deslizarte y atacar con un barrido. Acertaste en el talón, pero contra ese mastodonte no era más que un rasguño. Volviste a levantarte, espadazo tras espadazo, girabas para acertarle y saltabas para esquivarle.
«Vuelvo a estar casi cargado, aunque no del todo.»
Esa era mi señal para empezar a lanzar hechizos. Pero yo ya los estaba preparando desde antes.
«Ventisca de hielo.»
El aire comenzó a arremolinarse a tu alrededor y fue bajando su temperatura. Se formaban cristales de hielo y, cuando estuvo lista la dirigí contra nuestro enemigo. La dureza del hielo lo detuvo y congelé el pelaje de sus patas, no podía moverse y concentré el ataque en el resto de su cuerpo. Se le clavaron varios cristales, derramaba lágrimas de sangre por varias heridas. Tú aprovechaste el momento. Te apoyaste en una de sus patas flexionadas para impulsarte. Desde arriba levantaste la espada por encima de tu cabeza y, al caer, descendiste en punta sobre su cabeza. Sin embargo, un segundo antes de ensartarle, se desprendió del hielo con un rugido terrible y de un zarpazo te dejó en el suelo. Intentaste levantarte, pero resbalaste en los restos de hielo. Mi propio hechizo se volvió contra ti. El tanque ya estaba encima de ti, veía su saliva descender por su boca, acariciando sus afilados dientes. ¿Cómo había cogido tanta velocidad? Intentaste parar su golpe con la espada, mas te la lanzó demasiado lejos para alcanzarla. Sentí tu impotencia y sus garras volvían a descender, tenía que hacer algo. Acumulé gran cantidad de energía y recé para que funcionara lo que pasaba por mi cabeza. Alcé tu mano hacia la cabeza del monstruo y disparé. El estruendo llenó el lugar. Había funcionado, podía incluso notar tu asombro. Conseguí traer una de mis pistolas a tu mundo. Volviste en ti y te apartaste antes de que te aplastase el cuerpo inerte del Devorador. Después te quedaste resoplando un rato en el suelo.
«¿Cómo lo has hecho?»
«Utilizando la misma idea por la que tú traspasas la magia a mi mundo.»
«Siempre agradeceré tu gran astucia y rapidez mental.»
Noté una sonrisa formarse en tu rostro y convertirse en carcajada. Yo te acompañé riendo también.
Al rato, y cuando ya nos calmamos, te levantaste dolorido y cansado, siempre lo dabas todo en la batalla.
«Aura sanadora.»
Recordé pronunciar para curarnos, aproveché incluso para curar mi propio cuerpo al otro lado.
«Gracias Leo. Tú siempre tan atento. Debemos continuar.»
Y proseguimos nuestro viaje hacia aquel sitio misterioso, profundizando aun más en el bosque. Hacía rato que había anochecido y se oían los susurros de la noche. Me fijé en como tus movimientos no  se sumaban como sonidos, eras tan grácil que no crujías rama alguna. Y me fascinaba como, con tus ojos, podíamos ver mejor en la oscuridad. Estaba encantado con tu mundo.
«¿Cuándo me vas a decir a dónde vamos?»
«Pronto, no seas impaciente.»
«No me llevarás a un sitio "tranquilo" para pasar los últimos momentos antes de que los Devoradores destruyan mi mundo, ¿no?»
«Me conoces demasiado bien.»
Comenzamos a reírnos del comentario, con la risa casi acompasada, era demasiado divertido sentirnos mutuamente, se intensificaban las sensaciones. Si no fuese por el peligro que corría mi mundo, ésto sería casi un paseo agradable. Pasaron varios minutos en nuestro propio silencio hasta que volviste a pronunciarte.
«Estamos llegando.»
Al fondo, entre los árboles pude apreciar lo que parecía ser un antiguo edificio. Se oía el sonido lejano de agua corriente. Y al acercarnos un poco más se mostró ante nosotros una imagen maravillosa. Era una especie de templito de pisos escalonados, hecho con bloques de piedra rojiza y adornado con hiedras doradas que lo rodeaban. Pero lo más impresionante era que estaba en el centro de un pequeño lago, sobre una isla a la que se accedía por un puentecito de piedra esculpida. Además, de la cima del templo caían unas cascadas por cada una de las cuatro caras, una de ellas separada en dos por un tejado a dos aguas que guardaba la entrada.
«¡Es impresionante!»
«Por supuesto, a ver si te crees que te voy a llevar a sitios feos. Vamos dentro y te explico lo que he... hemos venido a hacer.»
Entraste por el arco de entrada y comenzaste a descender las escaleras hacia el interior del templo. El pasadizo estaba iluminado por lucecitas flotantes. Me encantaba el mundo mágico.
Llegamos hasta el final de los escalones y empecé a extrañarme de que no hubiese nadie cuando el filo de una lanza nos cortó el paso.
- No podéis pasar al Templo del Cristal.- Dijo el guardia con tono amenazante.
«Duérmele con un hechizo, no quiero hacerle daño.»
«Vale. Sueño.»
Pero no hizo nada, el guardia siguió en su puesto. Entonces me fijé en la diadema que llevaba en la cabeza, con una perla roja enorme, a juego con su armadura dorada y carmesí.
«Es un bloqueador de magia por lo que tendremos que actuar al modo directo.»
Desenvainaste la espada en menos de un segundo y lanzaste una estocada directa a uno de los pliegues del guardia. Éste fue a defenderse con su lanza pero, de repente, tú giraste de forma inesperada, le rodeaste y le asestaste un golpe en el cuello con el mango de la espada. Cayó desplomado creando un estruendo metálico en la sala.
«No podemos perder tiempo.»
Dejando el cuerpo inconsciente del guardia en el suelo corriste hasta el centro de la sala, donde se hallaba un inmenso cristal flotante que brillaba por sí mismo. El suelo estaba adornado por runas de distintos colores. Era un lugar muy místico.
«Éste cristal mantiene las grietas estables, permite el traspaso de energía y la materia de un mundo a otro. Si nosotros, que albergamos una grieta dentro, lo tocamos podemos hacer de conductores. Eso crearía una sobreexcitación de energía que desactivaría la mayoría de las grietas y evitaría el paso de los Devoradores.»
«Pero... eso también crearía una sobrecarga de energía en tu cuerpo.»
Entonces sentí unas lágrimas recorrer tu rostro y lo entendí todo. No me explicaste el plan porque sabías lo que iba a pasar, eres de esas personas que se sacrificaría si hiciese falta.
«No. Tiene que haber otra solución, no voy a permitir que hagas eso.»
«¿Hacer el qué? ¿Salvar tu mundo? ¿Salvarte a ti? Está decidido, es lo que debo hacer.»
«Pensaremos algo, Noel. No tienes por qué sacrificarte.»
Y tu silencio me hirió más que nada, sentir tus lágrimas agolpadas en tus ojos, sentir las mías nacientes. Me era imposible imaginarme una vida en la que no estuvieras, eras parte de mí.
«Lo siento Leo. Siento no habértelo dicho antes, no quería hacerte daño. Eres demasiado importante para mí como para no salvarte.»
Pero debido a la tristeza no supe qué contestar. Habías decidido sacrificarte y no conseguía asimilarlo. Tú eras la calma de mis días malos, la voz de mi conciencia, el abrazo con el que borrar mis lágrimas y, sobre todo, la causa de mi sonrisa. Nunca nos habíamos tocado, ni si quiera nos habíamos visto directamente, salvo en reflejos cuando entrábamos en el cuerpo del otro. Y aun así, con todo lo que habíamos sentido, todo lo que habíamos vivido, teníamos un vínculo muy intenso. Yo sabía que te amaba, que mi sueño era encontrarte, vivir junto a ti toda mi vida, simplemente abrazarte y ser feliz juntos.
«Sé lo que estás pensando. Yo también desearía abrazarte, tenerte entre mis brazos. Pero prefiero morir y que tú puedas ser feliz, encontrar otra persona importante. Te debo mucho y no me permitiría verte sufrir.»
«Yo también te debo demasiado. No es lógico que para que yo no sufra, seas tú el que lo haga.»
«Consiguiendo que vivas y seas feliz es la única forma de que yo no sufra.»
Y sin dejarme un segundo para contestar te acercaste al cristal. Intenté detenerte, pero habías bloqueado la posesión. Ibas a hacerlo, no había vuelta atrás. Y lo tocaste. Tocaste el cristal sin miramientos y borraste tu dolor antes de que pudiera sentirlo. Noté el aumento de energía, sabía que te dolía, y absorto en mi frustración el mundo se volvió negro.
Abrí los ojos y ahí estabas. Tú. Físicamente con tus rizos azabache. Tú con tus ojos negros y esa sonrisa que creaba mareas. Y me abrazaste, me rodeaste con tus brazos con ternura, tan fuerte y agradable que no podía creerlo. Alojé mi cabeza en tu pecho y te devolví el abrazo. No era un sueño, pero tampoco era real. Al notar tu llanto me di cuenta de que estábamos en alguna parte dentro de mí, el hueco de la grieta.
- He conseguido unos minutos de despedida.- Susurraste al tiempo que se te rompía la voz. A mí se me rompía el alma.
Yo te abracé más fuerte, quería que éste momento fuese eterno, y por querer, quería que mis lágrimas callaran, poder mostrarte mi mejor sonrisa antes de que te fueras.
- No me dejes. Sin ti la vida es frágil, puede romperse en cualquier momento. Eres el sol que me da calor, el latir frenético de mi pecho.
- Mi grandioso Leonel, eres un chico atento y perspicaz, con un ingenio maravilloso. Eres la luna que brilla en la noche, todo corazón, la brisa fresca en un golpe de calor.
Y aún con lágrimas en los ojos decidí besarte, posar mis labios sobre los tuyos y fundirnos, de nuevo, en uno solo. Era mi primer beso, dulce y apasionado. Pero, mientras ocurría, tú fuiste desapareciendo, desaciéndote en lucecitas blancas. Dejé de sentir tus labios y lo último que vi fue tu mirada serena, tus alegres ojos negros. Esbocé por fin el intento de mi mejor sonrisa, y eso te alegró aún más, tus ojos brillaron más intensamente.
Volví a despertar, ésta vez realmente y en mi cuerpo. En mi rostro había aún un pequeño rastro de una sonrisa triste y los suspiros llenaban mi pecho. Estaba en mi cama, alguien debió de llevarme en el fragor de la batalla. Me acerqué a mi espejo, ahí estaba yo sintiéndome vacío, pero algo era distinto. Mis ojos, no eran castaños como siempre. Eran negros, negro puro como los tuyos, negro puro para poder usar la magia.
- Brisa.
Una corriente de aire recorrió mi cuerpo y se arremolinó por mi habitación.

Comencé a llorar, no solo te marchabas para que yo viviera, me dejabas como legado el mejor regalo del mundo. ¡Muchas gracias Noel! Por existir, por hacerme la vida más llevadera y por cuidar de mí incluso al irte. Te querré siempre.

lunes, 18 de enero de 2016

Verde olvido

Un intenso zumbido me despierta. Levanto los párpados con cautela, algo me dice que no me va a gustar lo que voy a encontrar. No sé dónde estoy, giro a mi alrededor y no me ubico. Ni siquiera sé cómo he llegado hasta allí. Es una nave, eso seguro, pero no es la mía. Empiezo a asustarme, no recuerdo nada, todo lo anterior a esto se ha esfumado. Como cuando despiertas y sabes que has soñado, pero no sabes con qué. Así me siento. Intento levantarme sujetándome a la pared, mi traje espacial pesa demasiado y se me tensa el cuerpo. Dolor. Una sensación que se acentúa conforme voy tomando conciencia de mi existencia. Y este casco sobre mi cabeza, reduce mi visión y me molesta, pero no consigo quitármelo, tendré que dejármelo puesto. Aun con ello siento un hedor repulsivo, no sé cuanto podré aguantarlo.
Veo unas letras en una de las paredes y me acerco para observarlas por si me ofrecen alguna pista. Nada. No tienen sentido. Debe de ser una nave alienígena, como si hubiese pocas en el espacio. Sin embargo hay una marca en un borde que quiere sonarme, que me llama. La rozo con la yema de los dedos y, de repente, una melodía fluye por mi mente, imágenes cambiantes que no se coordinan. Y sin más para, pero no para traer silencio, para nombrar algo peligroso, algo que nadie querría oír: Labyrinth Spacecraft. El miedo corroe lentamente cada poro de mi cuerpo, y me estremezco. No puede ser. No podían haberme elegido a mí para sus juegos. Estaba en la "Nave Laberinto", lugar detestable y show televisivo. Era simplemente asqueroso. Seleccionaban a gente siguiendo un oscuro método que nadie quería saber, les encerraban en una nave misteriosa y les hacían seguir sus reglas para poder salir. Muy poca gente lo conseguía, y los que lo hacían no quedaban precisamente cuerdos. Pero eso no era lo peor, no. Había algo que hacía mucho más "maravillosa" a esta nave. Cuanto más tiempo pasabas en ella, menos recuerdos te quedaban. Solo aquellos ligados al subconsciente, a emociones muy fuertes, conseguían mantenerse, muchas veces ni eso. Me entran arcadas, mi corazón se va a salir desbocado de mi pecho. ¿Por qué yo?
Prácticamente ya con lágrimas empapando mi rostro me sobresalta un gruñido. Dada mi suerte estaba claro que no podía ser humano, que algo se acercaba y me acechaba. El sonido se incrementa por momentos, mi respiración se acelera. ¡Necesito salir de aquí! Pero no tuve tiempo, al segundo lo tenía encima. Un bicho repulsivo se me acerca, es enorme y viscoso. Y verde. Por un momento ese color me paraliza. Es un verde que me recuerda a algo, ¿pero a qué? Sin pensarlo mucho más palpo por instinto mi cinturón. ¡Eureka! Hay una pistola. La saco con rapidez y disparo, casi sin mirar. Esto parece dárseme bien, he acertado de lleno y, mediante el sonido más desagradable que podía imaginar, el bicho revienta. Lo deja todo pringado del líquido que lo formaba. Un charco esmeralda donde antes había solo suelo. Y algo más. Mi mente vuelve a llenarse de imágenes sueltas, no parecen tener coherencia. Más ahí estaban, esos ojos pícaros de mirada burlona, ese bosque que me abraza. Tan verdes, tan llenos de vida, que me encantaban. Tan verde olvido. Mirarlos hacía que todo lo demás desapareciera. Me escrutaban curiosos y me purgaban el alma. Me di cuenta de que todo rastro de miedo había desaparecido, se cambió por calma. ¿Cómo podía haber olvidado esa mirada? No pude evitar sonreír y eso a su vez recordó su sonrisa. Una curva perfecta en sus tiernos labios, una caricia cálida y divertida. Esa sonrisa, con todas sus letras en mayúscula. Por fin logré montar el puzle, me acordé de toda ella. Una chica dulce, de risa musical y encantadora. Una chica que para mí era un todo, que no solo me hacía feliz, me hacía sentirme yo, libre y diferente. Me hacía sentirme simplemente especial.
Era lo único que recordaba, en mi mente nada más había y, sin embargo, algo no cuadraba. No recordaba sus besos, sus caricias, nunca los hubo. Yo la veía como una amiga, al menos eso creía. Pero, ¿por qué ahora parecía tan distinto? ¿Por qué no paraba de pensar en ella? ¿Siempre había sido tan intenso y no me había dado cuenta? Me gustaría pensar que no, pero algo me dice que sería mentira. Siempre lo supe y no quise verlo. Le negué mi corazón, pero en realidad solo me negaba a mí misma. Que fuese una mujer no era lo que me asustaba, sabía que no. Simplemente quise protegerme ante este sentimiento, este amargo sentimiento que a todos nos atrapa y nos devora por dentro.

Entonces me di cuenta. Tenía una meta, algo que lograr. Debía salir de aquella nave, lucharía por mi vida y sobreviviría. Tenía que encontrarla, susurrarle al oído lo mucho que me llena. Tenía que abrazarla, besarla, al menos una última vez y, con suerte, el resto de mi vida. ¡Espérame porque estoy llegando! Nadie podrá pararme ahora. 

lunes, 11 de enero de 2016

El tiempo que tarda en llegar

Aun recuerdo esa noche. Ese momento idílico que tanto me hace suspirar y por el que hoy sonrío. Surgió cuando todo parecía perdido, cuando solo quedaba olvidar. Decidí traspasar la puerta, entrar en la habitación sin saber que iba a encontrar. Brillaban lucecitas en el suelo y yo no pude evitar seguirlas. Junto a cada una de las luces había un papel con una palabra escrita y éstas, al juntarse, formaban una frase. Sin embargo, ni podía ser ni era una frase cualquiera. Mis oídos quisieron escucharla, mi mente ya la oía. Comenzó a sonar la melodía. Era esa canción que me enseñaste, esa canción que tanto me gustaba. Y ya no sonaba en mi cabeza, realmente sonaba. Me giré asombrado y ahí estabas, sonriendo con tu media sonrisa. Te acercaste a mí despacio y me miraste, sin pronunciar palabra alguna. Podría decir que casi se paró el tiempo, contigo siempre lo hace. Y me cogiste de la mano, rompiendo el silencio susurrando un "vamos". Tu roce activó mi cuerpo, tu firmeza me dio fuerza. Siempre te seguiría donde fuera. Salimos a la calle, juntos paso a paso. Casi no sentía frío, solo podía alegrarme por tenerte cerca. Y nos enorgullecimos de nuestro "pecado", daba igual quien mirase, tú preferías no soltarme. Recuerdo que me sudaban las manos, hice amago de secármelas y tú me lo impediste, no querías perder contacto. Y te mantenías a mi izquierda, siempre a mi izquierda, como si temieses alejarte del corazón que, alocado, palpitaba. Seguimos caminando, calle arriba, calle abajo. No importaba nada más, solos tú y yo bajo la noche estrellada. Te miraba de reojo, todo el rato sonreías. Y no es que yo no lo hiciese, que lo hacía, pero me animaba demasiado verte así. Pude apreciar que eras feliz, que por fin nada parecía preocuparte, que reías más que nunca. Y casi con lágrimas en los ojos, lleno de felicidad, no pude evitar decir: "Ha tardado tanto tiempo en llegar... tanto, tanto tiempo... Pero por fin ha llegado."
No es que acabe aquí el momento, seguramente fue mucho más, pero ya tocaba despertar. Y sin abrir los ojos me di cuenta que había sido un sueño, que no solo no había pasado, sino que no iba a pasar. Y aunque debería haber llorando, aunque quizá me dolió la realidad, no pude evitar quedarme en la cama sonriendo. Me había sentido tan lleno, tan pleno, que tuve que quedarme tumbado a recordar, a guardar cada detalle. Aunque tarde, por fin había soñado contigo, y tener este recuerdo me completaba un poco más.

Debo añadir que también me hizo reflexionar, aun sin querer me haces mejor, me haces aprender y madurar. Y es que por fin descubrí que el amor no se sella con un beso como dicen los cuentos, el amor se sella con un "lazo". Algo que no es físico, pero por lo que sea une, algo que enlaza dos manos, dos almas, dos corazones. Ya no me arrepiento del pasado, ya no pienso en aquel beso que no conseguí darte, pues no era el momento, ni si quiera era necesario. De alguna forma tenemos un lazo, siempre nos mantendrá unidos. Y sí, no es el lazo que yo buscaba, no es el lazo que yo quería, pero he de admitir que es un lazo que me llena, que me hace feliz y que con él me basta. Ahora entiendo que no hace falta el amor que todos conocemos para estar completo. Que estoy rodeado de las mejores personas y tú siempre serás una de ellas. Y que por ello, simplemente, te quiero.


Baby,
It's been a long time coming.
Such a long, long time.