jueves, 22 de octubre de 2015

La calidez de la hierba

Me encontraba sobre la fresca hierba, en un rincón apartado cerca del río. Tumbado observaba el suave viaje de las nubes ya anaranjadas. Había sido un día duro y yo había llegado el primero a nuestro sitio. Ejercer de héroe nunca era fácil, sin embargo, hoy había despachado rápidamente  a los pocos seres susurrantes que habían decidido aparecer en mi lado de la muralla. Esperaba que los demás no tardaran demasiado.
Mientras pasaban los minutos notaba como mis ojos adormecidos luchaban por no caer en brazos de Morfeo. Entonces noté su roce. Un pequeño segundo, sutil y sin sobresalto, de sus dedos con los míos. Y su olor, no necesité mirar para saber de quien se trataba. Esa fragancia tan suya, mezcla del fragor de la batalla y de humo ardiente. Me hacía sentirme protegido y seguro, y me recordaba a todas nuestras batallas juntos. Agni. Sonreí tontamente y, antes de que pudiese girarme a mirarle, un estruendo recorrió nuestro cuerpo. Nos incorporamos deprisa, no había tiempo que perder. Nos quedaba un susurrante más todavía. Sobre el agua se elevaba con su cuerpo de engendro, tan oscuro como la noche, de mirada despiadada y hambrienta, todo su cuerpo de espino. Sus alas tapaban la poca claridad que quedaba y sus garras centellearon como cuchillas espeluznantes.
Agni y yo nos miramos. No necesitamos más para saber qué hacer. Sus oscuros ojos centellearon y se volvieron dorados. Los míos en cambio se tornaron ébano. Su medallón de carbón cristalizado prendió y comenzó a humear por cada poro de su piel. Brotaron llamas y ágiles le fueron rodeando. Era gracioso, pues la primera palabra que me venía a la mente al pensar en él era "cálido". Incluso antes de conseguir nuestros poderes.
Mi colgante plateado ardió en llamas violáceas. De mi espalda, cual arcángel, nacieron dos alas oscuras, del mismo material llameante que comenzó a rodearme. Comparados éramos como el yin y el yang. Un baile de llamas brillantes y llamas oscuras, ardiente pero elegante.
Preparados nos lanzamos contra el susurrante, él impulsado por sus llamas, y yo danzando sobre el enemigo, los dos disparando a bocajarro. Bolas de fuego y de oscuridad volaban en todas direcciones, pero el susurrante las apartaba con sus garras. Hice un giro en el aire y envolví mis manos en oscuridad, creando una esfera inmensa.

- ¡Esquiva ésto! -grité.

Le dio de lleno en uno de sus ojos y bramó un alarido desgarrador. Pude ver una explosión en su costado, mientras Agni esquivaba una de sus garras sonriendo. Se le erizaron las púas y las lanzó en mi dirección. Tuve el tiempo justo para crear un escudo delante de mí, pero una de las púas me rozó el brazo izquierdo. Enfadado, concentré la oscuridad en forma de filo como prolongación de mis brazos y me lancé contra él. Se zafó con una de sus alas pero conseguí desgarrarla. Con lo que no conté fue con su respuesta. Agitó el ala y salí disparado por los aires. Creí que chocaría contra algo pero me pararon unos brazos fuertes.

- Ten más cuidado Kai -me susurró en tono burlón.

Me ruboricé ligeramente y se me ocurrió una idea.

-¿Preparado para un ataque combinado? -pregunté sonriendo.

Afirmó con la cabeza de forma enérgica. Los dos liberamos nuestras llamas por todo nuestro cuerpo y empezamos a girar uno sobre el otro en dirección al monstruo. Cada vez más y más deprisa, llenos de energía, hasta impactar en su abdomen. El susurrante se dobló de dolor y nos enseñó los dientes. Chocamos nuestras manos por el logro y, antes de que me diera cuenta, surgió la cola escamosa del enemigo y golpeó de lleno a Agni. Ya que yo no era tan rápido como él forme una esfera densa de oscuridad que lo frenara con suavidad.

- Ten cuidado Agni -repetí entonando su tono como broma.
- Muy gracioso... -me sonrió con picardía.- Ya le queda poco.

Se impulsó hacia él y se rodeó de látigos ardientes, descargándolos con furia sobre la bestia. Yo esta vez moldeé varios filos oscuros a mi alrededor y se los lancé como si fueran cuchillos.
Seguimos esquivando y azotando sin descanso. Bolas de fuego, golpes, garras. Una vorágine de ataques que no cesaba. Hasta que por fin dimos el último golpe. El susurrador estaba ya en las últimas y conseguimos alcanzarle los dos en la cara. Se desplomó sobre el río y comenzó a desvanecerse mientras se sucedían miles de susurros que ponían la piel de gallina.
Nos miramos y terminamos riéndonos abrazados por el subidón de adrenalina.

- ¡Pedazo de batalla que se han perdido los demás! Ha sido muy intensa -exclamé con entusiasmo.

Sin darnos cuenta habíamos acabado otra vez tumbados en el césped, esta vez bajo las estrellas. Agni se me quedó mirando y me sonrió. Tenía el corazón desbocado, y no solo por la pelea. Me fijé en su respiración entrecortada, en el vaivén de su pecho. Estábamos tan cerca. Nervioso volví a mirar al cielo y sentí su aliento en mi oreja. Un impulso movió mi mano y se aferró a la suya. Lo hice de forma involuntaria, pero él no pareció apartarla. Mi pulsación aumentó más si cabía. Me giré a mirarlo de nuevo. Sus ojos volvían a mostrar ese regusto a otoño. Su mirada, que siempre había tenido un deje de tristeza, esta vez parecía brillar con luz propia. Su barba oscura le enmarcaba el rostro y su sonrisa se hizo mucho más amplia. Y sus labios, cada vez tenía más ganas de besar sus labios agrietados. Acercó la mano a mi rostro y siguió el dibujo que marcaba mi vello facial. Inspiré profundamente, llenándome de su olor y de todo ese instante. Mi mano comenzó a acariciar su cuello, subiendo hacia su pelo. Nos sentíamos el uno al otro y con eso bastaba. Sin dejar de mirarnos. Éramos casi uno. Pasaron largos minutos, parecía que se había parado el tiempo, y yo no quería que se acabase ese momento. Me atrajo hacia sus brazos y me rodeó con ternura. Yo me alojé en su pecho, su corazón palpitaba tan fuerte como el mio, y le abracé tan con tanta intensidad que creí que su respiración pararía. Me sujetó la barbilla y dirigió mis ojos hacia los suyos. Y ya no puede evitarlo, estaba tan cerca que posé mis labios sobre sus labios. Era mi primer beso, suave y con dulzura. Él respondió con uno más intenso, guiándome por un recorrido apasionado.  Quizá fue un poco torpe, debido a mi desconocimiento, pero me pareció perfecto. Nunca había sonreído con tantas ganas y su sonrisa parecía un reflejo de la mía. Volví a acurrucarme sobre su hombro, eufórico, y me siguió acariciando el cuerpo. Mis dedos también danzaron sobre el suyo, fundiéndonos con el tiempo. Los dos juntos disfrutando de la calidez de la hierba, en una noche llena de estrellas.