martes, 11 de enero de 2011

Corazón de plata 1

Capítulo uno

El silencio envolvía la habitación oscura, ya de noche, solo la luna conseguía rasgar aquella oscuridad. Y lo único que el plateado foco de luz iluminaba era una cama de madera de pino que reposaba bajo la ventana abierta. Sobre esta se encontraba recostado un chico delgado, de facciones suaves y agradables, cabello oscuro y ojos color miel. No podía dormir y se dedicaba a observar por la ventana la huerta sembrada de coles y zanahorias que su familia trabajaba. Dentro de unas horas pasaría a convertirse en un chico de dieciséis años. Según la tradición de su familia, como símbolo de madurez, al cumplir los dieciséis años se debía regalar un arma para poder protegerse uno mismo. Todavía resonaban en sus oídos los golpes de martillo producidos cada noche durante este último año en el que su padre había estado trabajando en ella. Le preocupaba que no pudiera verse tan maduro como esperaban los demás. Utilizar un arma no es tan fácil como parece y él se preocupaba de no conseguirlo. Sobre su escritorio se hallaba una caja dorada con matices rojizos que brillaba a causa de la luz de la luna reflejada. En ella se encontraba el arma, probablemente una daga o algo similar, pero no podía abrirla hasta que bajo sus pies, en la sala de estar, sonasen las doce campanadas del antiguo reloj de pared. A cada hora se le llenaba el corazón de emoción al escuchar el sonido de las campanadas, pero solo llegaban a nueve, a diez o a once. Sospechaba que debían quedar pocos minutos para que llegase el momento, cada segundo que pasaba hacía que se pusiese más nervioso. De repente oyó su glorioso sonido esperado, una campanada, dos campanadas, tres campanadas, su corazón iba a estallar en su pecho, diez campanadas, ya no podía más, once campanadas, se acercó a la caja para estar listo para abrirla y, por fin, el momento esperado, doce campanadas. Suavemente fue abriendo la caja y mientras miraba dentro sintió algo extraño, sin darse cuenta, el iris de sus ojos se tiñó de un color plateado. Lleno de entusiasmo observó unos segundos la daga en su vaina que había dentro, una daga curvada de empuñadura metálica con una figura de un fénix en cada lado,  un zafiro en forma de lágrima en el extremo y una vaina del mismo color con dibujos azulados. La sacó de la vaina y observo su filo plateado decorado con símbolos inscritos. La volvió a envainar  y se la llevó hasta su cama, donde se volvió a recostar para intentar conciliar el sueño.
 -¡Me encanta!- susurró mientras cerraba los ojos.-Creo que es la daga más bonita que he visto nunca. Mañana se lo agradeceré a mi padre.
En otra parte del pueblo, en una pequeña y vieja granja, todavía la luz de un fuego casi apagado iluminaba una pequeña estancia. En una silla se hallaba recostado el cuerpo viejo de una anciana. Un escalofrío recorrió su cuerpo y abrió los ojos, unos ojos negros y penetrantes.
-Ha funcionado. -murmuró mientras sonreía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario