lunes, 27 de marzo de 2017

Hielo que da calor

A mi querida Stephanie:
Aun recuerdo el día en el que llegaste al internado. Con tu ardiente pelo bien recogido y un vestido celeste que hacía juego con tus ojos tristes. Por aquel entonces yo odiaba el mundo. Recuerdo odiar tu pelo tan rojizo, tus pequeñas pecas sobre el rostro. Recuerdo odiar tus modales y formalidades, tu sonrisa perfecta frente una mirada que seguía perdida. Pero realmente no te odiaba, prácticamente te admiraba. Seguramente pasases por algo horrible y tú seguías esforzandote por seguir adelante, por sacar buenas notas y por ser amigable. En cambio, yo no conseguía evolucionar en cuanto a cómo me veían los demás, una niña desolada.
Sin embargo, tú eras distinta, parecías entenderme cada vez que se cruzaban nuestras miradas, conmigo parecía que sonreías de verdad. Y a lo tonto nos hicimos amigas, prácticamente hermanas. Te enseñé mi fascinación por la lectura y tú me enseñaste a bailar como ninguna. Contigo siempre eran risas, aventuras por jardines secretos y pasadizos escondidos. Nos cogimos tanto cariño que no pudimos evitar sentirnos unidas.
Aun me río pensando en como me defendías, en la cara de susto de Oliver cuando te levantaste de golpe porque se reían. Nunca más volvieron a meterse con mi corte de pelo tan "masculino".
¿Y la vez que nos pillaron llegar empapadas por escaparnos ese día de lluvia? Estoy sola escribiendo y no puedo aguantar la risa.
Supongo que tenía que haberme enterado antes, cuando me despertabas con un susurro y tu cabello acariciaba mi rostro. Pero no fue hasta la noche que subimos a la colina cuando llegué a darme cuenta. Tú y yo tumbadas sobre la hierba, observando el cielo y contando estrellas. Te miré de soslayo y pude observar que me mirabas. "¿Por qué no miras las estrellas?" Pregunté interesada. "Porque ya las estoy mirando". Respondiste con esa sonrisa tuya, que forma hoyuelos en tus mejillas. Probablemente me puse super roja, notaba mi corazón latir con fuerza. "No seas tonta". Conseguí formular al volver a mirar las estrellas. Esa noche soñé con tu mirada fría que siempre me calienta.
Con el buen tiempo terminamos disfrutando de la piscina. Nos quedamos solas, sentadas con los pies en el agua. Mi atención se centraba en tu bikini y en lo bien que te quedaba. Y  mi corazón latía, tan deprisa que temí que lo notaras. Y te tenía tan cerca... Me descubrí acercando mis labios a los tuyos, pero sentí mucha agua. Me salpicastes y te reías. "Estás empanada". Y te tiré al agua y seguimos riendo, de las mejores tardes de mi vida. Una vez acabó la guerra de salpicaduras, nuestra respiración agitada, fuiste tú la que te acercaste. Creí que por fin íbamos a besarnos, pero nos llamaron para tomar la cena.
Esa noche soñé contigo de nuevo, una mirada color de hielo. Y me despertaste y seguía tu mirada. Sonreíste y me besaste. Recuerdo lo bien que me supieron tus labios.
Y así iniciamos esto, besos y risas a escondidas, cogidas de la mano como "buenas amigas". Pero lo que más me gustaba es cuando me traías caricias, cuando bailabas y me mirabas con picardía. Yo siempre te escribía, notitas en prosa y alguna poesía. Y me abrazabas, llegabas a mí y me susurrabas lo mucho que me querías.
Llegó así, tras semanas de ilusión y alegría, la noche de mi dieciocho cumpleaños. Tú ya los habías cumplido y habíamos decidido salir a divertirnos. Fue una velada maravillosa, cena, paseo y tu sorpresa. Decidimos entrar en una discoteca. Emocionadas bailamos, tu cuerpo describía curvas, giros y movimientos alocados. Y yo te seguía, embelesada por el vibrar de tu pelo, por el color de tus uñas y cómo tirabas de mi falda de vuelo. Recuerdo como se detuvo el tiempo, como tus pestañas se alargaban con tu mirada. Como te besé una y mil veces, sin importarme nada.
Esa noche subimos a la buhardilla, habías colocado un colchón viejo y pétalos sobre las sábanas. Se me aceleró el pulso cuando me llevaste de la mano, sentía tu calor y quería quedármelo. Me tumbaste sobre la improvisada cama y me besaste con dulzura, tu pelo acariciando mi cuerpo. Te desataste la blusa, descubriendo ese sujetador que me gusta tanto. Me deshice de mi camiseta nueva, quería sentir mi piel junto a la tuya. No pude evitar volver a tus labios, saborear cada una de tus sonrisas. Y necesité bajar hacia el cuello, un recorrido que fue anhelo. Y te seguí besando, milímetro a milímetro, acercándome a tu pecho. Tus caricias no frenaron, siguieron las líneas de mi espalda. Y yo quise abarcar todo tu cuerpo. Desabrochaste tu pantalón ajustado, mostrando esas curvas que me volvían loca. Y metiste tus manos bajo mi falda y yo contraí mis piernas de forma instintiva. Reiste, agarraste mis medias y las fuiste bajando lentamente, como si saboreases cada poro de piel que se iba descubriendo. Nos deshicimos de las últimas prendas que quedaban. Mi respiración se aceleraba y la acallaste con más  besos.  Cada punto de mi cuerpo parecía gritar con tu contacto. Frenesí de caricias, risas y besos. No podía distinguir dónde acababa yo y donde empezaban tus pecas. Fuimos una en el revuelo. Y en tus besos bajaste más allá de lo prohibido, descubriste mi secreto y encontraste mis suspiros perdidos. La lujuria guió mis gritos, pero tuve que dejarlos en silencio. Agarré las sábanas para casi arrancarlas, mi cuerpo se dobló como nunca pudo. Y giré en la cama para ponerme encima, dominar este momento, sonreí con timidez y quise reflejar lo aprendido. No pareció que se me diese tan mal, más de una vez gritaste pero, sobre todo, te liberé en mil suspiros. Y la noche siguió en su apogeo: tú, yo y aquella cama. Nadie más supo el secreto, se me estremece la piel cada vez que lo pienso.
A partir de aquí nuestra historia fue en aumento, acabamos un curso lleno de momentos. Tantos y tan nuestros, que me tiraría dos vidas describiéndolos.
Pero ha llegado lo que más temíamos, lo que hemos estado evitando, cada una queremos ir a una universidad distinta. Tú has sido aceptada en una de las mejores universidades de Lyon, la ciudad en la que siempre has soñado estar. Te mereces esa beca con todo lo que has trabajado. Pero yo solo aspiro a una universidad aquí en Madrid.
Y si te he pedido que leas esta carta durante el viaje es porque no me salen las palabras, eres tan mía como yo soy tuya, eres la luz que me da vida, las sonrisas en la cama. Me inundan las lágrimas en esta despedida, y sé que no es para siempre, que volveremos a estar juntas, pero ahora me toca echar de menos esa mirada de hielo que tanto calor me daba.

lunes, 27 de febrero de 2017

Soy tu sombra



Brillas. Refulges cada vez que te enfrentas a algo. Y te admiro, toda esa carga sobre tus hombros y no dudas. Defiendes y ayudas cuando es necesario, luchas hasta quedarte sin fuerzas. Espada en mano haces lo posible por salvar a quien lo necesita, sin pararte a observar cómo de grande es el problema, te lanzas sin pensarlo. Y sonríes, das tu mejor cara. Pero no siempre. Te aíslas para que nadie sufra por tu culpa y quiebras cuando crees que nadie te escucha. Lloras cuando nadie mira y sufres con cada herida. Crees estar solo y es mentira. Me tienes cerca y no te das cuenta. Quiero abrazarte, consolarte, ayudarte en lo que pueda, pero soy tu sombra. Alargo mis dedos cuanto puedo, me agito con todo lo que tengo, más es en vano. Grito para que me oigas pero sale silencio, me agarro a ti con mis manos frías, intento curarte desde dentro, pero soy tu sombra. Veo los fragmentos de un corazón que sigue adelante, que tu respiración se agita pero nadie calma. ¿Cuántos peligros has superado? Monstruos, leones, vampiros y dragones. Has encontrado mil tesoros y has salvado a doncellas, campesinos, guerreros y guerreras, incluso a príncipes y a alcaldesas. Te adoran y te festejan, pero nadie se queda. No dejas que te conozcan, que te quieran. Lo peor es que yo te quiero, pero soy tu sombra.
Y me destroza, me desgarra no alcanzarte, no saber cómo poder ayudarte. Me entristece cuando suspiras, cuando no puedes más y lloras. Y ardo con rabia. Quizá no sea lo que necesitas, pero al menos ser la mano que te levanta, lo que te impulsa y te guarda. Querría susurrarte que estoy contigo, que tú puedes con todo, que estés tranquilo. Pero soy tu sombra.
Y caigo. Me despierto y estoy cayendo. Te busco y no te encuentro. Ahora soy una sombra sola, separada de su cuerpo, siento el dolor por dentro. ¿Qué ha pasado? Te siento debilitarte lejos y no recuerdo.
Choco contra el suelo. ¿Dónde estoy? Inmensa oscuridad a mi alrededor. Soy tu sombra y te siento lejos. Luchabas contra uno de los peores seres monstruosos, eso lo recuerdo. Mantenía tu equilibrio y tu cordura, pero el sudor ya recorría tu rostro. Te cubrían más heridas de las que podía contar. Dolor y furia. Tajo de espada y giro, revés y estocada, metal contra carne, todo cubierto de sangre. Esta lucha te estaba costando más de la cuenta.
Vuelvo en mí, a la oscuridad, y aparece un brillo, varios de ellos. Seres luminosos que eliminan los rastros de sombras que se separan de sus dueños. No puedo dejarte ahora cuando más lo necesitas, debo llegar hasta ti sorteando a cada uno de ellos. Siento tu dolor, arriba, todavía lejano. Debo subir a ayudarte lo  antes posible, cada minuto es un minuto menos de tu vida.
Me levanto, respiro profundamente y saco fuerzas. Esta vez seré yo quien te salve, el que ayude al héroe, aunque solo sea tu sombra. Hay un camino, puedo volver a subir y encontrarte. Solo he de seguir los rastros de luz que han caído conmigo. Decidido, comienzo a subir como puedo, con paso firme pues mi vida, y la tuya, está en juego. Puedo salvarte y sé que voy a hacerlo.
Tras un pequeño tramo me acecha uno de los seres luminosos. ¿Puede verme? Yo por si acaso me escondo entre las sombras de un árbol viejo, me mimetizo. Se me acelera el pulso y tengo miedo, está muy cerca. ¿Seguro que aquí no me ve? ¿Y si puede sentirme? Pero termina pasando de largo y yo respiro, no puedo seguir quieto mucho más tiempo. Sigo subiendo, esquivando otros seres luminosos, ahora más tranquilo. Me resbalo y casi me caigo, pero mantengo el equilibrio. Soy una sombra sin su dueño y sigo subiendo. Cada vez te siento más cerca, el recuerdo es más intenso. Algo pasó y por eso caí, no tardaré en entenderlo. Sigo tu rastro. Aguanta, que voy subiendo.
Ya llevo bastante andado, saltado y escalado y aun me queda, pero hoy no me detendrá el cansancio. Más seres luminosos, según asciendo son más grandes, algunos incluso se separan en varias partes. Tengo miedo, me cuesta soportar el sonido que producen entre el viento, pero por ti aguanto. Un paso y me escondo, por los pelos no lo cuento. Otro paso y dos saltos. Soy tu sombra y sigo subiendo.
Más camino. Me rodean varios seres luminosos. ¿Dónde me escondo? No hay nada cerca y se me tensa el cuerpo. No hay salida. ¿Tanto esfuerzo para morir en el intento? No pienso permitirlo, soy tu sombra y llegaré hasta ti, no voy a dejarte solo. Pienso rápido, casi los siento pero no dejaré que me domine el miedo. Miro hacia arriba y tengo una idea. Mi salvación. Me agacho y salto con todas mis fuerzas, estiro mis dedos para alcanzarlo. Siento que me arde la pierna, han llegado hasta mí. Pero logro agarrarme a tiempo. Me ha salvado la fina sombra de un peñasco suelto, al mimetizarme con ella he vuelto a pasar desapercibido, con una quemadura pero vivo. Soy tu sombra y debo seguir subiendo.
Cada vez estoy más cerca. Me he topado con varios fragmentos de tu energía y ya recuerdo. Te viste débil, incapaz de derrotar al enemigo. Yo quise gritarte, pararte, pero no me hiciste caso. Tomaste una decisión dura para ayudar a los demás, salvar al mundo aunque fuese sobre ti mismo. Supiste que la única forma de vencerlo era ser todo luz, el poder más intenso. Con un tajo de tu espada cortaste el suelo y mediante uno de tus hechizos separaste tu sombra del cuerpo. Te separaste de mí para ser luz pura. Y yo caí a este pozo sin fondo. Derrotaste al monstruo con todo tu poder, pero por el rabillo del ojo te vi caer debilitado. La luz pura consume totalmente el cuerpo. Ahora sé que debo correr para arreglar esto. Y no estoy enfadado, hiciste lo correcto. Pero no pensaste en ti y en lo que te causaría,  preferiste morir solo si así salvabas el mundo. Pero yo soy tu sombra, el guardián del guardián, y no dejaré que esto acabe así.
Ya me queda poco, puedo verte brillar algo más arriba. De repente me sorprende un ser luminoso inmenso. Pierdo equilibrio y caigo. ¿Cómo he podido despistarme tanto? Me agarro a una rama y salto como puedo. Tengo que eliminarlo para llegar hasta ti, este no voy a poder sortearlo. Y veo el brillo de tu espada y corriendo la recojo. Aunque soy más de ser tu escudo, creo que podré con ello. Corro hacia el ser, espada en alto, se gira hacia mí y tengo que saltar para esquivarlo. Intento cortarle pero es muy rápido, más de una vez me quema y por ti sigo avanzando. El ser me come terreno, no soy tan hábil con la espada como creía. Me atrapa contra la pared y me muero de miedo. Solo un último esfuerzo. Sobre mí oigo un grito, tu grito. Y sonrío, aun sufriendo luchas. Tu cabeza se asoma a la grieta y distraes el ser luminoso que decide seguir los gritos y mirarte. No debo perder tiempo, hago un giro de muñeca y corto al ser luminoso en dos. Estalla al instante en mínimas partículas brillantes.
Con rapidez subo el pequeño tramo que queda. Y te encuentro, por fin te siento del todo, dolor que te quema por dentro. Me abalanzo a abrazarte para volver a ti. En cuanto te toco comienzo a absorber parte de la luz para que no te siga dañando. Nos vamos entrelazando. Y te noto temblar, lágrimas sobre el suelo. Has oído mi susurro de que siempre te estaré protegiendo. Y sonríes. Volvemos a ser uno y te calmo cuanto puedo. Ahora sabes que no estás solo, que soy tu abrazo en los días malos y el escudo cuando lo necesitas. Soy tu sombra, pero tú y yo, juntos, somos mucho más que eso.
 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Despertar


Y descubrí que el tiempo es tiempo,
que no deja mirar atrás.
Da lugar al triste olvido,
al dolor y a no soñar.

Mas llegaste tú a mi mundo,
sonreíste a la eternidad.
Devolviste mi alegría,
desempolvaste mi verdad.

Que la magia surge 
y me enloquece.
Nos envuelve sin cesar.

Que te pienso y te suspiro.
Que te sueño, te anhelo y te sonrío.
Te rodeo con mis brazos
y me vuelvo a despertar.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Lágrima inocente

La ciudad gritaba, silenciosa, con sus luces fugaces. Brillaban una detrás de otra, alargándose hasta el final de su aliento. Cualquiera diría que era la ciudad la que corría y el tren el que estaba quieto. Mis ojos cansados buscaban detenerse en algún punto, ni si quiera yo sabía qué andaban buscando. Una llama ardía dentro de mí, furiosa, notaba las lágrimas agolparse y yo no quería dejarlas caer. Solo quería perderme, simplemente olvidar. Lo que nadie sabe de estudiar magia, lo que nadie te cuenta, es que no es tan divertido como nos lo pintan. Ser mago conlleva muchas responsabilidades, vivir en un mundo elitista, en un mundo injusto. Mas no quería pensar en ello, hoy no. No más luchas internas, estaba demasiado cansado.
Ensimismado en este devenir de luces en un cielo apagado, apenas noté el tren detenerse en una de las estaciones de su viaje. Un fuerte pálpito se acomodó en mi pecho y un escalofrío me recorrió el cuerpo. La "Llamada del Guardián" como la denominaban en la escuela. Una lágrima inocente que avisa de la necesidad de protección y ayuda. Alguien me llamaba.
Me levanté del asiento con rapidez y no me detuve hasta que no crucé las puertas. Fue entonces cuando me di cuenta de que ni siquiera sabía dónde me había bajado. Busqué un letrero que diese nombre a mi ubicación y descubrí que nunca antes había estado en esa zona de la ciudad. No importaba, tenía un deber que cumplir y por ello comencé a caminar, sin saber muy bien hacia donde y fiándome de mi instinto.
Elegí especializarme como guardián para poder ayudar a la gente, era una forma noble de utilizar la magia y proveía de mucho conocimiento y hechizos de todo tipo. Además, siempre te premiaban con sonrisas.
Seguía andando, fijándome en los detalles, analizando las calles y girando cuando el pálpito se intensificaba. Edificios y casas de todo tipo, colores que preferían ocultarse en esta noche y luces ya no tan fugaces. Algunos paseaban, otros reían, pero ninguno era el artífice de mi llamada. Seguí caminando, sabía que podría encontrarte. Farolas y señales, suelo empedrado y mi sombra en la calzada. Aun oía tu llamada.
No sé cuanto anduve,  desapareció mi percepción del tiempo. No me importaba, ya estaba cerca, algo en mi interior me lo confirmaba. Y me detuve, todo mi cuerpo supo que ahí estabas. Alcé la mirada y pude ver tu ventana, aun con luz en su interior. Era esa o ninguna, la ventana más hermosa y carcelaria. Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Conjuré un hechizo de invisibilidad y comencé a levitar. Ascendí hasta el alféizar y descubrí quien me llamaba. Tú, sentado en tu silla estudiando, nervioso y preocupado. El chico de mi escuela que conocí en el lago, aquel que me pidió ayuda para capturar los diablillos que se habían escapado, que manejaba a la perfección los hechizos de agua. Sonreí sin darme cuenta. Era irónico, fuiste el primero en el que pensé al notar la llamada, siempre me acuerdo de la lágrima inocente con la que tu piel está marcada. Atento a tus apuntes, hacías bailar gotas de agua entre tus largos dedos. Me quedé hipnotizado con aquella danza, movías los dedos con cuidado. Detecté tu ánimo intranquilo, saturado, y abrí mis labios para susurrar los versos de un hechizo de calma. Sin parar, lo ligué con otro de aumento del ánimo. Suspiraste, se te veía cansado. Reconocí tu gesto, algo más alegre. Esa media sonrisa que me dedicas cuando nos encontramos, cuando tras las clases hablamos.
Seguí observándote otro rato, cuidando tu estado. Finalmente, estiraste tus brazos y decidiste dar el estudio por terminado. Apagaste la luz y cerraste los ojos sobre la almohada. Aun debía cuidarte, algo dentro de mí me decía que no había acabado. Deslicé mi cuerpo por la ventana, abierta por el calor ambiental, y me acerqué a tu yo tumbado. Formulé uno de mis mejores hechizos de suerte y lo activé con el contacto de mis labios sobre tu frente. Abriste los ojos despacio y rompiste mi invisibilidad con tu mirada, ni siquiera estabas asombrado. Y sonreíste como el verano, cálido y agradable, como el recuerdo de las olas acariciando mi cuerpo. La respiración se me detuvo por un momento.

- Pensé en ti y al final has venido.

Sonreí y me hiciste un hueco, dejando que me recostara a tu lado. Posaste tu rostro sobre mi pecho y yo decidí rodearte con mis brazos, darte todo mi apoyo.

- Duerme tranquilo, yo te estaré guardando- susurré en tu oído.

- Gracias por venir a cuidarme- dijiste mientras se te cerraban los ojos. Pronto estarías soñando con los mejores sueños que podía haber encontrado.- Por acudir a mi llamada.

- Nunca dejaré de hacerlo.

martes, 19 de abril de 2016

Negro Puro

Los últimos posos de claridad despuntaban el firmamento. Rayos anaranjados atravesaban los ventanales, adornando así el cabello de mis compañeros con reflejos dorados. Quedaban pocos minutos para que pudiésemos irnos a casa. Las clases sobre los Devoradores eran interesantes, mas hoy había sido un día cansado. La Academia Folklore se enorgullecía por preparar muy bien a sus alumnos: entrenamiento físico todas las mañanas y conocimientos teóricos por las tardes. Nos enseñaban a manejar diferentes armas para eliminar a los Devoradores que osasen cruzar las grietas. Sin embargo, yo tenía otros métodos de lucha, te tenía a ti. Desde que nací te tuve cerca, te podía sentir. Me ayudabas cuando hacía falta, siempre estabas ahí. No existíamos en el mismo mundo pero, de alguna forma, nos unía un vínculo. Nacimos entre las grietas y éstas formaron parte de nosotros. Estábamos conectados mentalmente y, aunque no podíamos vernos ni tocarnos directamente, sabíamos que nos teníamos el uno al otro.
Comenzamos como dos amigos prácticamente normales, charlábamos de nuestras cosas y nos ayudábamos. Crecimos totalmente juntos. Sin embargo, aprendimos a usar esto a nuestro favor. Descubrimos que la unión no solo servía para comunicarnos, podíamos sentir lo que el otro sentía e incluso podíamos compartir habilidades controlando brevemente el cuerpo del otro. Yo de un mundo centrado en el desarrollo tecnológico y tú parte de un mundo mágico. Ambos existían en equilibrio unidos por las grietas.
Aunque era mi campo, tú aprendiste a manejarte con las armas mucho mejor. Yo, en cambio, tuve mayor facilidad a la hora de usar la magia que te enseñaban. Nos compenetrábamos.
«Leo.»
El sonido de tu voz acompañó la campana de fin de clases, me despertó de mi ensimismamiento. Algo se removió en mi interior. No era el sonido de la campana, era el sonido de alarma. Me levanté de mi pupitre como había hecho ya la mayoría de la clase. Los Devoradores debían de haber cruzado una grieta cercana, últimamente lo hacían con demasiada frecuencia.  Como siempre, tú los habías detectado rápido.
«Se acercan rastreadores a tu posición.»
Tu voz sonaba serena, me recordó cómo conseguía calmarme cuando éramos más jóvenes. Ahora no me ponía nervioso ante éstas situaciones. Recogí mis dos pistolas y palpé mi cinturón para cerciorarme de que estaba la empuñadura de mi sable. Salí corriendo del aula. Normalmente había que pasar primero por la sala de control para saber dónde estaban atacando, pero yo no lo necesitaba. Esquivé a mis compañeros y bajé corriendo las escaleras. Empezaba a notar la adrenalina recorrer mi cuerpo.
«¿Hacia dónde Noel?»
Te pregunté mientras corría.
«Dirígete hacia el sur, hacia los jardines.»
Sin dudarlo un momento crucé los portones y me dirigí hacia donde decías. Seguía oyéndose la alarma y pude observar que ya había llegado alguno de los alumnos aventajados, armas en mano. Entre los árboles podía apreciar la agitación de la batalla, esto había empezado. Agarré una de las pistolas y recogí mi empuñadura para activar el sable. Se formó una afilada hoja metalizada al pulsarla.
«Toma el control.»
Noté tu calor en mi interior y aumentó más  mi euforia. Mi cuerpo entrenado seguía tu danza. Me hiciste correr hacia un árbol, agarrándote a sus ramas para subir más alto, y saltaste desde arriba. Giraste en el aire y con mi mano apuntaste al rastreador más cercano. Disparaste. Caímos cerca del enemigo, la bala había acertado en una de sus patas. Agitaba la cola y mostraba sus dientes. De un salto se abalanzó sobre mí, era muy rápido, pero tus reflejos lo eran aún más. Conseguiste parar el ataque con el filo del sable y usaste mi fuerza para apartarle. Gruñó enfadado. No podíamos darle tiempo a que volviese a atacar.
«Te toca. Utiliza la magia como solo tú sabes.»
Me devolviste el control de mi cuerpo y me cediste tu energía. Noté la grieta encenderse en mi interior, la magia fluyó a través de nosotros.
«Fuego.»
Convertí tu energía en calor hasta que prendieron llamas en mis manos, les di forma de esfera y mediante un ágil movimiento se las lancé al rastreador. Chocaron contra su pelaje azulado, consiguiendo que el enemigo se desplomase en el suelo. Antes de que se levantase corrí hacia él e hice un gesto hacia un arbusto cercano.
«Crece.»
Conseguí que sus ramas comenzasen a moverse y a deformarse para atrapar al rastreador. Llegué hasta él y volví a abrir el sable para clavárselo sobre los ojos, manchando la hierba con su sangre.
«Uno menos.»
Giré sobre mi mismo y observé a varios estudiantes y profesores enfrascados en sus propias batallas. Todo a mi alrededor era frenético.
Sin casi darme cuenta me rodearon otros dos rastreadores.
«No bajes la guardia. Déjame el movimiento y los disparos, tú lanza hechizos para apoyarme.»
«De acuerdo.»
Volví a cederte el control. Atacaste al rastreador de mi derecha. Estocada al lomo. Levantó sus garras y las esquivaste. Noté cómo se acercaba el otro.
«Pulsión.»
Lo aparte con una onda antes de que se acercara. Entre tanto, tú seguías atacando. Golpe, revés y giro. Corte tras corte, esquivando cola y garras. Más de una vez nos golpearon, mi cuerpo recibió más de una herida. Sangre y adrenalina. Sabias moverte, bailar en la batalla, y en poco tiempo conseguiste que el rastreador se debilitase.
«Descarga eléctrica.»
Unos rayos fluyeron por el cuerpo del monstruo haciendo que se retorciera. Finalmente cayó inerte sobre el suelo.
De repente noté un fuerte golpe a mi espalda. El otro rastreador. ¿Cómo podíamos haberlo olvidado? Pero tus reflejos seguían igual que siempre. Tras el golpe giraste mi cuerpo y disparaste.
«Explosión.»
Hice que la bala estallara al tocar al enemigo, lo que le hirió gravemente. Aun así, éste siguió en pie y comenzó a babear de rabia. No sé cómo pudo hacerlo pero el rastreador saltó en el aire. Tú conseguiste esquivarlo tranquilamente, salvo por parte de la saliva, que me quemó un poco el brazo. Ácido. Ésto era nuevo, ningún otro rastreador tenía saliva ácida. ¿Qué estaba pasando? Mientras me debatía tú seguiste esquivando ataques y lanzando estocadas. Abajo, salto y giro, espadazo, espadazo y barrido. Al final conseguiste acertarle en el cuello de un corte limpio. Cabeza y cuerpo se desplomaron inertes en la hierba, habíamos vencido.
«Algo no va bien. Cada vez aparecen con mayor frecuencia y van siendo más poderosos. ¿A qué será esto debido?»
Al parecer, por lo que podía observar en los rostros de los demás, terminando con los enemigos y resoplando, no éramos los únicos a los que les inquietaba la situación.
- Estamos en guerra.- Anunció la potente voz del director, que se acercaba mostrando un mapa en su dispositivo holográfico.- Han aparecido Devoradores por todo el mundo, las grietas se están saturando.
- Eso no puede acabar bien.- Gritó uno de los presentes.- En comparación con toda la población, somos pocos los que sabemos defendernos.
- ¿Realmente creéis que podremos con todos?
- Tenemos que defender a nuestros seres queridos.
- No podemos permitirlo.
Todos comenzaron a dar su opinión al respecto, cada uno más asustado al anterior. Comenzaban a perder la calma.
- Que no cunda el pánico.- Si algo se le daba bien al director era proyectar su voz, hacerse oír.- Somos la defensa principal de éste mundo. No es solo que debamos defenderlo, es que podemos.
Las palabras parecieron animar el ambiente en cierta medida. Ciertamente estábamos entrenados contra todo tipo de situaciones.
Me di cuenta de que hacía un rato que no decías nada, estabas pensando.
«¿Qué corroe por tu mente?»
«¿Tanto se me nota?»
Casi pude apreciar tu sonrisa burlona. Conocía demasiado bien ese tono de voz que ponías cuando te pillaba.
«Sabes que no podréis con tantos, que no solo os enfrentais a los que ya están dentro, seguirán entrando más si no hacemos algo.»
«No quería decirlo en voz alta, pero también lo he pensado. Nos enfrentamos a algo grande. ¿Qué sugieres?»
Sabía que tu mente avispada ya había pensado en algo. No eres de los que solo piensa en los problemas sin buscarles soluciones.
«Hay una opción, pero es arriesgada.»
«Lo que sea si así conseguimos solucionarlo, no soportaría ver mi mundo destruido.»
«Déjame que te guíe entonces. Observa a través de mis ojos, ésta aventura transcurre en un mundo de fantasía.»
No pude evitar sonreír, siempre conseguías darle un toque épico a la vida.
«¿Ni si quiera vas a comentarme el plan? ¿Ni una pistita?»
«Cuantos menos detalles sepas mejor. No querrás que te desvele el final de la historia, ¿no? Por cierto, con el último hechizo has puesto mis reservas al mínimo, necesitaré un rato antes de que podamos volver a lanzar alguno.»
Asentí alegremente sabiendo que sentirías el movimiento y accedí a tu mente, me puse a observar desde tus ojos. Todo se llenó de color a nuestro alrededor. Vuestros jardines siempre estaban llenos de una flora fascinante. Vegetación de hojas azuladas, flores de pétalos luminosos e incluso zarzas plateadas. Siempre me había parecido precioso. Y me acordé de lo que comentabas cuando éramos pequeños, que la magia era como los colores del mundo y que, cuanto más oscuros tuvieses los ojos, más poder podías absorber. Nunca supe si creérmelo del todo, pero me gustaba cómo me lo explicabas.
Comenzaste a caminar abandonando los jardines de tu escuela, un castillito con ladrillos de distintas tonalidades y grandes ventanales. Aceleraste para adentrarte en la espesura del bosque. El ambiente parecía sentirse inquieto, éste era el mundo de los Devoradores, que aunque aquí eran menos hostiles, nunca sabías cómo te podían contestar si te los cruzabas. Pasaban a nuestro mundo en busca de otros seres vivos de los que alimentarse ya que les aportaban mayor cantidad de energía, de ahí su nombre. Arrasaban con todo lo que podían.
Avanzábamos a paso apresurado, internándonos cada vez más. Como en la batalla, esquivabas ramas y piedras, saltabas las rocas. Siempre he admirado tu agilidad.
De repente, se oyó un gruñido y un estruendo de hojarasca y ramas que se partían. Era un Devorador enorme, un monstruoso tanque, como les llamábamos en la academia. De pelaje plateado, parecía casi metálico. Grandes garras y una espalda acorazada. Se alzaba a dos patas, lo que hacía su aspecto mucho más temible e impactante.
Desenvainaste tu espada de metal templado y saltaste antes de que reaccionara. Comenzaba la batalla.
Corriste hacia el inmenso ser, buscando atacar sus piernas y giraste la espada para acertarle. El monstruo se apartó e intentó destriparte con una de sus garras, pero era demasiado lento para ti. Esquivaste sin problemas, utilizaste el impulso para deslizarte y atacar con un barrido. Acertaste en el talón, pero contra ese mastodonte no era más que un rasguño. Volviste a levantarte, espadazo tras espadazo, girabas para acertarle y saltabas para esquivarle.
«Vuelvo a estar casi cargado, aunque no del todo.»
Esa era mi señal para empezar a lanzar hechizos. Pero yo ya los estaba preparando desde antes.
«Ventisca de hielo.»
El aire comenzó a arremolinarse a tu alrededor y fue bajando su temperatura. Se formaban cristales de hielo y, cuando estuvo lista la dirigí contra nuestro enemigo. La dureza del hielo lo detuvo y congelé el pelaje de sus patas, no podía moverse y concentré el ataque en el resto de su cuerpo. Se le clavaron varios cristales, derramaba lágrimas de sangre por varias heridas. Tú aprovechaste el momento. Te apoyaste en una de sus patas flexionadas para impulsarte. Desde arriba levantaste la espada por encima de tu cabeza y, al caer, descendiste en punta sobre su cabeza. Sin embargo, un segundo antes de ensartarle, se desprendió del hielo con un rugido terrible y de un zarpazo te dejó en el suelo. Intentaste levantarte, pero resbalaste en los restos de hielo. Mi propio hechizo se volvió contra ti. El tanque ya estaba encima de ti, veía su saliva descender por su boca, acariciando sus afilados dientes. ¿Cómo había cogido tanta velocidad? Intentaste parar su golpe con la espada, mas te la lanzó demasiado lejos para alcanzarla. Sentí tu impotencia y sus garras volvían a descender, tenía que hacer algo. Acumulé gran cantidad de energía y recé para que funcionara lo que pasaba por mi cabeza. Alcé tu mano hacia la cabeza del monstruo y disparé. El estruendo llenó el lugar. Había funcionado, podía incluso notar tu asombro. Conseguí traer una de mis pistolas a tu mundo. Volviste en ti y te apartaste antes de que te aplastase el cuerpo inerte del Devorador. Después te quedaste resoplando un rato en el suelo.
«¿Cómo lo has hecho?»
«Utilizando la misma idea por la que tú traspasas la magia a mi mundo.»
«Siempre agradeceré tu gran astucia y rapidez mental.»
Noté una sonrisa formarse en tu rostro y convertirse en carcajada. Yo te acompañé riendo también.
Al rato, y cuando ya nos calmamos, te levantaste dolorido y cansado, siempre lo dabas todo en la batalla.
«Aura sanadora.»
Recordé pronunciar para curarnos, aproveché incluso para curar mi propio cuerpo al otro lado.
«Gracias Leo. Tú siempre tan atento. Debemos continuar.»
Y proseguimos nuestro viaje hacia aquel sitio misterioso, profundizando aun más en el bosque. Hacía rato que había anochecido y se oían los susurros de la noche. Me fijé en como tus movimientos no  se sumaban como sonidos, eras tan grácil que no crujías rama alguna. Y me fascinaba como, con tus ojos, podíamos ver mejor en la oscuridad. Estaba encantado con tu mundo.
«¿Cuándo me vas a decir a dónde vamos?»
«Pronto, no seas impaciente.»
«No me llevarás a un sitio "tranquilo" para pasar los últimos momentos antes de que los Devoradores destruyan mi mundo, ¿no?»
«Me conoces demasiado bien.»
Comenzamos a reírnos del comentario, con la risa casi acompasada, era demasiado divertido sentirnos mutuamente, se intensificaban las sensaciones. Si no fuese por el peligro que corría mi mundo, ésto sería casi un paseo agradable. Pasaron varios minutos en nuestro propio silencio hasta que volviste a pronunciarte.
«Estamos llegando.»
Al fondo, entre los árboles pude apreciar lo que parecía ser un antiguo edificio. Se oía el sonido lejano de agua corriente. Y al acercarnos un poco más se mostró ante nosotros una imagen maravillosa. Era una especie de templito de pisos escalonados, hecho con bloques de piedra rojiza y adornado con hiedras doradas que lo rodeaban. Pero lo más impresionante era que estaba en el centro de un pequeño lago, sobre una isla a la que se accedía por un puentecito de piedra esculpida. Además, de la cima del templo caían unas cascadas por cada una de las cuatro caras, una de ellas separada en dos por un tejado a dos aguas que guardaba la entrada.
«¡Es impresionante!»
«Por supuesto, a ver si te crees que te voy a llevar a sitios feos. Vamos dentro y te explico lo que he... hemos venido a hacer.»
Entraste por el arco de entrada y comenzaste a descender las escaleras hacia el interior del templo. El pasadizo estaba iluminado por lucecitas flotantes. Me encantaba el mundo mágico.
Llegamos hasta el final de los escalones y empecé a extrañarme de que no hubiese nadie cuando el filo de una lanza nos cortó el paso.
- No podéis pasar al Templo del Cristal.- Dijo el guardia con tono amenazante.
«Duérmele con un hechizo, no quiero hacerle daño.»
«Vale. Sueño.»
Pero no hizo nada, el guardia siguió en su puesto. Entonces me fijé en la diadema que llevaba en la cabeza, con una perla roja enorme, a juego con su armadura dorada y carmesí.
«Es un bloqueador de magia por lo que tendremos que actuar al modo directo.»
Desenvainaste la espada en menos de un segundo y lanzaste una estocada directa a uno de los pliegues del guardia. Éste fue a defenderse con su lanza pero, de repente, tú giraste de forma inesperada, le rodeaste y le asestaste un golpe en el cuello con el mango de la espada. Cayó desplomado creando un estruendo metálico en la sala.
«No podemos perder tiempo.»
Dejando el cuerpo inconsciente del guardia en el suelo corriste hasta el centro de la sala, donde se hallaba un inmenso cristal flotante que brillaba por sí mismo. El suelo estaba adornado por runas de distintos colores. Era un lugar muy místico.
«Éste cristal mantiene las grietas estables, permite el traspaso de energía y la materia de un mundo a otro. Si nosotros, que albergamos una grieta dentro, lo tocamos podemos hacer de conductores. Eso crearía una sobreexcitación de energía que desactivaría la mayoría de las grietas y evitaría el paso de los Devoradores.»
«Pero... eso también crearía una sobrecarga de energía en tu cuerpo.»
Entonces sentí unas lágrimas recorrer tu rostro y lo entendí todo. No me explicaste el plan porque sabías lo que iba a pasar, eres de esas personas que se sacrificaría si hiciese falta.
«No. Tiene que haber otra solución, no voy a permitir que hagas eso.»
«¿Hacer el qué? ¿Salvar tu mundo? ¿Salvarte a ti? Está decidido, es lo que debo hacer.»
«Pensaremos algo, Noel. No tienes por qué sacrificarte.»
Y tu silencio me hirió más que nada, sentir tus lágrimas agolpadas en tus ojos, sentir las mías nacientes. Me era imposible imaginarme una vida en la que no estuvieras, eras parte de mí.
«Lo siento Leo. Siento no habértelo dicho antes, no quería hacerte daño. Eres demasiado importante para mí como para no salvarte.»
Pero debido a la tristeza no supe qué contestar. Habías decidido sacrificarte y no conseguía asimilarlo. Tú eras la calma de mis días malos, la voz de mi conciencia, el abrazo con el que borrar mis lágrimas y, sobre todo, la causa de mi sonrisa. Nunca nos habíamos tocado, ni si quiera nos habíamos visto directamente, salvo en reflejos cuando entrábamos en el cuerpo del otro. Y aun así, con todo lo que habíamos sentido, todo lo que habíamos vivido, teníamos un vínculo muy intenso. Yo sabía que te amaba, que mi sueño era encontrarte, vivir junto a ti toda mi vida, simplemente abrazarte y ser feliz juntos.
«Sé lo que estás pensando. Yo también desearía abrazarte, tenerte entre mis brazos. Pero prefiero morir y que tú puedas ser feliz, encontrar otra persona importante. Te debo mucho y no me permitiría verte sufrir.»
«Yo también te debo demasiado. No es lógico que para que yo no sufra, seas tú el que lo haga.»
«Consiguiendo que vivas y seas feliz es la única forma de que yo no sufra.»
Y sin dejarme un segundo para contestar te acercaste al cristal. Intenté detenerte, pero habías bloqueado la posesión. Ibas a hacerlo, no había vuelta atrás. Y lo tocaste. Tocaste el cristal sin miramientos y borraste tu dolor antes de que pudiera sentirlo. Noté el aumento de energía, sabía que te dolía, y absorto en mi frustración el mundo se volvió negro.
Abrí los ojos y ahí estabas. Tú. Físicamente con tus rizos azabache. Tú con tus ojos negros y esa sonrisa que creaba mareas. Y me abrazaste, me rodeaste con tus brazos con ternura, tan fuerte y agradable que no podía creerlo. Alojé mi cabeza en tu pecho y te devolví el abrazo. No era un sueño, pero tampoco era real. Al notar tu llanto me di cuenta de que estábamos en alguna parte dentro de mí, el hueco de la grieta.
- He conseguido unos minutos de despedida.- Susurraste al tiempo que se te rompía la voz. A mí se me rompía el alma.
Yo te abracé más fuerte, quería que éste momento fuese eterno, y por querer, quería que mis lágrimas callaran, poder mostrarte mi mejor sonrisa antes de que te fueras.
- No me dejes. Sin ti la vida es frágil, puede romperse en cualquier momento. Eres el sol que me da calor, el latir frenético de mi pecho.
- Mi grandioso Leonel, eres un chico atento y perspicaz, con un ingenio maravilloso. Eres la luna que brilla en la noche, todo corazón, la brisa fresca en un golpe de calor.
Y aún con lágrimas en los ojos decidí besarte, posar mis labios sobre los tuyos y fundirnos, de nuevo, en uno solo. Era mi primer beso, dulce y apasionado. Pero, mientras ocurría, tú fuiste desapareciendo, desaciéndote en lucecitas blancas. Dejé de sentir tus labios y lo último que vi fue tu mirada serena, tus alegres ojos negros. Esbocé por fin el intento de mi mejor sonrisa, y eso te alegró aún más, tus ojos brillaron más intensamente.
Volví a despertar, ésta vez realmente y en mi cuerpo. En mi rostro había aún un pequeño rastro de una sonrisa triste y los suspiros llenaban mi pecho. Estaba en mi cama, alguien debió de llevarme en el fragor de la batalla. Me acerqué a mi espejo, ahí estaba yo sintiéndome vacío, pero algo era distinto. Mis ojos, no eran castaños como siempre. Eran negros, negro puro como los tuyos, negro puro para poder usar la magia.
- Brisa.
Una corriente de aire recorrió mi cuerpo y se arremolinó por mi habitación.

Comencé a llorar, no solo te marchabas para que yo viviera, me dejabas como legado el mejor regalo del mundo. ¡Muchas gracias Noel! Por existir, por hacerme la vida más llevadera y por cuidar de mí incluso al irte. Te querré siempre.