sábado, 12 de agosto de 2017

Tarta de queso

Ya no se oyen gaviotas. He vuelto a la querida ciudad que me anhela y ha llegado el momento. Es el día perfecto para mostraros otro pedazo importante de mí, pero esta vez sufrirán otros puesto que quiero hablaros de como los veo. Un poco antes de verano cambió mi vida sin casi aviso previo. Se podría decir que se ha cumplido uno de mis deseos, menos mal que quemé aquella pulsera que me estaba bloqueando por dentro.
Sin más dilación, empecemos esta historia de amor (puaj sabía que eras un moñas). Esto va de tarta de queso, mi favorita, ese encantador sabor que tanto espero durante una buena comida, ese deseo de mi vida. Pero esta tarta, aunque normalmente suele llevar sirope de fresa o de cualquier fruto rojo, esta vez está rociada de un maravilloso regusto a dulce de leche y de mi amada frambuesa. Un estallido de sabor inimaginable. Cierto, ya paro con el anuncio de nuevos sabores, que se me va de las manos.
Todo comenzó cuando el dulce de leche, que hasta entonces había pasado desapercibido, entró en mi vida y me dio a conocer a la frambuesa que lo acompañaba. "Dulche", por abreviar, es de estas personas que te marcan, que sin darte cuenta forman parte de ti. Quién me diría que podría coger tanto cariño a estas personas en tan poco tiempo. Supongo que es el amigo que todos queremos tener y frambuesa tiene mucha suerte por tenerlo. Siempre me ha parecido alguien singular, alguien a quien admirar. Se podría decir que se siente como un segundón, uno más, pero yo que tengo la suerte de haberlo conocido siempre he pensado que es un protagonista, un héroe en esta historia. No se da cuenta de que quizá sea una de las personas más afortunadas, que tiene muchas cosas que muchos podrían envidiar. Me encanta su ingenio y su intelecto, su forma de ver las cosas. No todo el mundo se deja dar abrazos de esa forma. Vive sin esperar mayor recompensa que seguir siendo feliz de la manera en que él lo es. Es genial que se preocupe tanto por sus allegados y adoro que simplemente coja un teclado (me refiero al piano) y se ponga a tocar.
Dulche me ha enseñado a abrir los ojos, a mirar más allá. Y me siento orgulloso de conocerlo hasta el punto de que me pida dar una vuelta y entre líneas pueda leer que se necesita desahogar. No le debo solo el conocer a frambuesa, le debo el conocerle a él sin más.
Oh sí, llega lo que todos queríais, el plato especial. Mi idea inicial era hablaros solo de frambuesa, pero no podía hacerlo sin dedicarle mis letras al precursor de todo lo demás. ¿Preparados para algo pasteloso? Aunque quizá hoy no sea el día que más inspirado me siento dejaré que las palabras salgan solas, a ver qué puedo expresar. Ahora mismo frambuesa es más de lo que pedí, es parte de mis pensamientos cada día, una de las mejores partes de mí. Es el que ha hecho que yo pase a ser un yo mejor, quien debería ser.
Este sirope o mermelada de frambuesa se debe a que, aparte de ser de mis favoritos,  yo le conocí con la barba rosa y, seamos honestos, eso siempre mola. Es él mismo, con su forma extravagante de vestir, con sus gestos y su manera de hablar, y me encanta. Cualquiera diría que es un Jack Skellington, todo piernas y brazos, un ser que cree ser malvado pero que tiene mucho bueno que dar. Siempre comenta que su alma es negra y no se da cuenta de que es de un azul tan intenso como el mar, que aunque se ríe de algunas desgracias realmente se preocupa por los demás. Si algo me atrajo de él fue sin duda el tiempo que le dedica a otros en vez de a sí mismo, el tiempo que me dedicaba a mí cuando lo necesitaba y que, a veces con algo menos de intensidad, me sigue dedicando cada día. Apareció cuando yo buscaba helado de té, y cuando lo probé me maravillé de su sabor, curó todas mis heridas.
A veces me habla con sorna, se burla de mí con gracia y me hace reír, me devuelve a la realidad. Y menuda realidad si son sus ojos los que me miran, tan cerca, sus labios formando sonrisas que quiero besar. Aun me río al devolver a mi cabeza aquella imagen de él por la calle, doblando piernas y brazos y andando cual ser extraño. No voy a negar que se asoma alguna lágrima al pensarlo. Aun no me creo que esto siga pasando.
Y lo que más me gusta de él es la forma en la que moldea el mundo con sus lápices, rotuladores y pinceles, como le da vida a seres monstruosos, increíbles o reales. Ahora parte de mis deseos quieren verle dibujar, que me dibuje en papel y que se entretenga en mi piel, usándola como lienzo. Y que me mire, como siempre lo hace, esa mirada de deseo y picardía, esa mirada que me recuerda cuanto me quiere. Por eso dicen que a veces vale más una imagen (o un gesto) más que mil palabras, yo al menos así lo veo.
Lo único malo que tiene es que vive lejos y no puedo saborearlo siempre, pero como todo con ello se aprende. Y debido a cicatrices del pasado sigo teniendo miedo a que todo esto acabe, que yo pueda cagarla en cualquier momento, que se suma a que no puedo estar con él todo lo que quiero. Pero siempre tiene frases cariñosas que me recuerdan lo que siente y simplemente me alegran, me hacen sonreír como un tonto al mirar el móvil.
Y por todo esto recuerdo con gran anhelo uno de los momentos más felices de mi vida, que más vivo me hizo sentir estando con dulche y frambuesa en esta tarta de queso. Los tres cantando canciones de nuestro grupo favorito en un taxi mientras nos acariciaba el viento.
Espero seguiros teniendo por mucho mucho tiempo.

jueves, 3 de agosto de 2017

Licor de mora

Mientras escucho el graznar de algunas gaviotas, y debido a las ideas que me ha mostrado cierto amigo, he decidido escribir una especie de diario. Pero no uno cualquiera contando todas las cosas absurdas que pasan en mi día a día, que daría para novela, sino una serie de escritos en los que me deje el alma y los pensamientos, total para lo que me sirven. Quiero enseñaros otras partes de mí ya que el corazón me lo dejo en mis historias. Lo siento, esto no va a ser el romance gay que todos deseáis. Pero no guardéis aun las palomitas, esto también tendrá bastante chicha.
Y qué mejor manera de empezar un diario que abrirme y contaros cómo aprecio yo mi ser. Lo sé, otro narcisista que viene a contaros su historia. Bla bla bla, he sufrido mucho, bla bla bla, ¿os he dicho que he sufrido? Pero no, no va de eso la cosa. Os voy a describir a aquel que se esconde tras la pantalla y os escribe esto, o al menos como yo lo veo. Podéis no estar de acuerdo, es más, acepto todo comentario que indique como me veis vosotros.
Vale, vale, mucha palabrería (prometo que en los siguientes habrá menos). ¿Por qué sabor a mora? ¿Tú no te cogías siempre el sirope de caramelo? Os diré por qué. Morí de un orgasmo la primera vez que probé el licor de mora en un calimocho mierdoso. No mejoró mi vida, pero recuerdo que me encantó. Y sí, debería ser sabor a bebida muy azucarada y gaseosa (no diré marcas pero para que os aclaréis, empieza por coca y acaba con cola). Porque no he crecido con ella, ella ha crecido conmigo. Y porque soy muy dulce (oh Dios no tiene abuela), pero no en ese sentido, que también, sino e el sentido de que me encanta lo cuqui, lo adorable, lo que quieres espachurrar hasta que reviente... digo cosas blanditas ^^u Yo diría que no soy taaaan moñas, pero antes de acabar la frase cualquiera me lo rebatiría. Pero elegí sabor a mora, todo mejora si le echas mora. Como el otro componente del calimocho, el vino. Yo no suelo ser una persona que beba mucho, ya bailo suficiente y hago demasiadas tonterías sin ello. Sin embargo, en este caso el vino (mejorado con mora) representa otra parte importante de mí, pero no como tal, sino de forma figurada: la sangre (es que por norma no suelo echarla en la bebida y estoy haciendo símiles de sabores). La sangre en mi vida no representa lo que muchos estáis pensando, que sé que os estáis riendo, representa mi pasión por ayudar a los demás, por estar siempre (demasiado) pendiente del bien ajeno. El caso es que esto a veces me pesa, es la sangre que brota de una herida, libera pero duele y escuece.
Pero, sobre todo, mora porque suele ser de color morado. Porque, aparte de mi alegría y el intentar ayudar a todos, de lo que más orgulloso estoy es de mi imaginación, del ir andando imaginando que tengo poderes, que un gesto lo puede cambiar todo (sí, estoy loco, mientras escribo me dejan no tomarme las pastillas). Del crear solo con pensamientos, al escribir o al (intentar) hacer videojuegos. Magia, imaginación, dado a los demás y a formar sonrisas, para mí esa es la función del sabor de mora.
Pero no nos engañemos, yo soy mucho más. Adoro evaporar el mundo de un suspiro cuando mis ojos se sumergen entre los dibujos de un cómic o las letras de un buen libro. Adoro poder serlo todo cuando quiera, controlar muchas otras vidas y no preocuparme de si mueren en el intento, porque... siempre hay otro... y otro. No me miréis así, estoy hablando de videojuegos. Soy de esa clase de personas que cuando iba de visita a casa ajena se quedaba enganchado con las "maquinitas". De aquellos que sueñan aventuras y apocalipsis zombies, pero con minimapa en la esquina inferior. Es más, muchos olores no me traen recuerdos como tal, me huelen a ciertos videojuegos.
No os preocupéis, que no me olvido de lo malo. Igual que no me olvido de ti, nuevo sabor de helado, serás el siguiente en sufrir este proceso de definir desde dentro si se da el caso. Y es que a veces soy muy vago, pero no en plan no quiero hacer nada, soy perezoso de hacer las cosas importantes, como si no tuviese ya suficientes mierdas en mi cabeza. Es decir, suelo ser una persona que si coge confianza habla por los codos. Me encanta tener con quien comentar las cosas. Lo que me lleva a que a veces mis silencios solo pueden significar que estoy pensando, y eso en mí puede ser malo. Le doy una y mil vueltas a cualquier tontería que se me pase por la cabeza. Y puede ser algo que no tiene que ver con la realidad, algo que nunca pasaría, pero holi, estoy aquí, creo que deberías volver a pensar en esto. ¿Te habías olvidado? He vueltoooo... Y aunque he aprendido a acallarlo bastante, aun me da quebraderos de cabeza y estados de nerviosismo. Como diría yo mismo, es lo que toca. Lo peor es que esto está dado y viene en compañía de ser demasiado dependiente. No en el sentido de lo que piensen de mí o de no poder valerme solo. Me considero alguien fuerte, pero necesito el calor humano. Que me reconozcan lo bien que hago algo solo para confirmármelo a mí mismo, que sean atentos. Lo que comúnmente llamamos: querer llamar la atención. Y dado que me doy cuenta, intento disimularlo un poco.
Y no descarto que el hecho de sumergirme de golpe en otros mundos, el estar tan disperso, el jugar a que floto y que corto farolas, que hago explotar luces y caracolas, e incluso el hecho de querer ayudar tanto a los demás, sea un sistema de defensa para no pensar tanto, para que la marea de ideas toxicas se pare un momento y, con suerte, se vaya de mi mente.
Así que, si me dais un respiro, un poco de vuestro tiempo, os daré mi risa. Y esta vez fiaros, todo el mundo dice que es la mejor de todas.

domingo, 23 de julio de 2017

Una Madrid sin mí

Me gusta pensar, adormecido entre las sábanas, deslizando mi piel en la suavidad, que una Madrid sin mí no sería lo mismo. Mientras la luna me acuna y se van dibujando los sueños mi mente se escapa. Siente que una Madrid sin mí estaría algo más vacía, que nadie escucharía el eco de mi risa, nadie sentiría mis pisadas. No encontrarían mi mirada oculta entre la gente. Una Madrid sin mí perdería su magia, su hechicero entre las sombras, el guardián que vela por todos. Sin mí, Madrid se quedaría sin mis bailes, el latir de todo mi cuerpo. Sin mí no habría aullidos, farolas que se parten y luces explosivas. Sin mí los enormes demonios acecharían a cada esquina, los rosales perderían su hermosura. Sin mí, ¿quién se pararía a mirar los detalles? ¿Quién se quedaría a escuchar su melodía? El césped no tendría quien lo abrace, cada edificio no se sentiría protagonista de una aventura. Sin mí el madroño se queda sin oso, sin la luz que la hace brillar cada día. Me gusta pensar que sin mí, Madrid no es la misma, sería ella pero menos divertida. Y realmente, sin mí Madrid es como siempre ha sido, quizá con alguna risa menos. Sin mí se queda como estaba pero sin mi imaginación cuando la transforma. Madrid sin mí es Madrid con otras pisadas.
Pero, ¿y una Madrid sin ti? Porque una Madrid contigo se llena de arte, sus rosas se vuelven más hermosas. Contigo todo brilla, mucho más que nunca. Madrid se llena de vida. Contigo cada calle escucharía la armonía de nuestras risas y el césped sería testigo de cada caricia. Contigo no hay demonios, son todo hadas y unicornios. Contigo Madrid tiene un guardián guardado, protegido. Toda la magia vuelve, Madrid cantaría de alegría. Contigo las pisadas serían bailes, noches de pura locura. Contigo se oirían nuestros aullidos, el viento se los llevaría consigo. Madrid se hartaría de nuestra miradas, de los besos en cada esquina.
Una Madrid sin mí sería la misma, pero restándole algo de vida. Y conmigo sería Madrid como hasta ahora, preciosa y emotiva. Sin embargo, una Madrid contigo sería una nueva maravilla, se volvería más divertida. El oso y el gato abrazando al madroño. No me imagino una Madrid sin ti, sería una ciudad triste, más que ninguna.

Madrid contigo sería perfecta, así que abraza su bienvenida.

lunes, 27 de marzo de 2017

Hielo que da calor

A mi querida Stephanie:
Aun recuerdo el día en el que llegaste al internado. Con tu ardiente pelo bien recogido y un vestido celeste que hacía juego con tus ojos tristes. Por aquel entonces yo odiaba el mundo. Recuerdo odiar tu pelo tan rojizo, tus pequeñas pecas sobre el rostro. Recuerdo odiar tus modales y formalidades, tu sonrisa perfecta frente una mirada que seguía perdida. Pero realmente no te odiaba, prácticamente te admiraba. Seguramente pasases por algo horrible y tú seguías esforzandote por seguir adelante, por sacar buenas notas y por ser amigable. En cambio, yo no conseguía evolucionar en cuanto a cómo me veían los demás, una niña desolada.
Sin embargo, tú eras distinta, parecías entenderme cada vez que se cruzaban nuestras miradas, conmigo parecía que sonreías de verdad. Y a lo tonto nos hicimos amigas, prácticamente hermanas. Te enseñé mi fascinación por la lectura y tú me enseñaste a bailar como ninguna. Contigo siempre eran risas, aventuras por jardines secretos y pasadizos escondidos. Nos cogimos tanto cariño que no pudimos evitar sentirnos unidas.
Aun me río pensando en como me defendías, en la cara de susto de Oliver cuando te levantaste de golpe porque se reían. Nunca más volvieron a meterse con mi corte de pelo tan "masculino".
¿Y la vez que nos pillaron llegar empapadas por escaparnos ese día de lluvia? Estoy sola escribiendo y no puedo aguantar la risa.
Supongo que tenía que haberme enterado antes, cuando me despertabas con un susurro y tu cabello acariciaba mi rostro. Pero no fue hasta la noche que subimos a la colina cuando llegué a darme cuenta. Tú y yo tumbadas sobre la hierba, observando el cielo y contando estrellas. Te miré de soslayo y pude observar que me mirabas. "¿Por qué no miras las estrellas?" Pregunté interesada. "Porque ya las estoy mirando". Respondiste con esa sonrisa tuya, que forma hoyuelos en tus mejillas. Probablemente me puse super roja, notaba mi corazón latir con fuerza. "No seas tonta". Conseguí formular al volver a mirar las estrellas. Esa noche soñé con tu mirada fría que siempre me calienta.
Con el buen tiempo terminamos disfrutando de la piscina. Nos quedamos solas, sentadas con los pies en el agua. Mi atención se centraba en tu bikini y en lo bien que te quedaba. Y  mi corazón latía, tan deprisa que temí que lo notaras. Y te tenía tan cerca... Me descubrí acercando mis labios a los tuyos, pero sentí mucha agua. Me salpicastes y te reías. "Estás empanada". Y te tiré al agua y seguimos riendo, de las mejores tardes de mi vida. Una vez acabó la guerra de salpicaduras, nuestra respiración agitada, fuiste tú la que te acercaste. Creí que por fin íbamos a besarnos, pero nos llamaron para tomar la cena.
Esa noche soñé contigo de nuevo, una mirada color de hielo. Y me despertaste y seguía tu mirada. Sonreíste y me besaste. Recuerdo lo bien que me supieron tus labios.
Y así iniciamos esto, besos y risas a escondidas, cogidas de la mano como "buenas amigas". Pero lo que más me gustaba es cuando me traías caricias, cuando bailabas y me mirabas con picardía. Yo siempre te escribía, notitas en prosa y alguna poesía. Y me abrazabas, llegabas a mí y me susurrabas lo mucho que me querías.
Llegó así, tras semanas de ilusión y alegría, la noche de mi dieciocho cumpleaños. Tú ya los habías cumplido y habíamos decidido salir a divertirnos. Fue una velada maravillosa, cena, paseo y tu sorpresa. Decidimos entrar en una discoteca. Emocionadas bailamos, tu cuerpo describía curvas, giros y movimientos alocados. Y yo te seguía, embelesada por el vibrar de tu pelo, por el color de tus uñas y cómo tirabas de mi falda de vuelo. Recuerdo como se detuvo el tiempo, como tus pestañas se alargaban con tu mirada. Como te besé una y mil veces, sin importarme nada.
Esa noche subimos a la buhardilla, habías colocado un colchón viejo y pétalos sobre las sábanas. Se me aceleró el pulso cuando me llevaste de la mano, sentía tu calor y quería quedármelo. Me tumbaste sobre la improvisada cama y me besaste con dulzura, tu pelo acariciando mi cuerpo. Te desataste la blusa, descubriendo ese sujetador que me gusta tanto. Me deshice de mi camiseta nueva, quería sentir mi piel junto a la tuya. No pude evitar volver a tus labios, saborear cada una de tus sonrisas. Y necesité bajar hacia el cuello, un recorrido que fue anhelo. Y te seguí besando, milímetro a milímetro, acercándome a tu pecho. Tus caricias no frenaron, siguieron las líneas de mi espalda. Y yo quise abarcar todo tu cuerpo. Desabrochaste tu pantalón ajustado, mostrando esas curvas que me volvían loca. Y metiste tus manos bajo mi falda y yo contraí mis piernas de forma instintiva. Reiste, agarraste mis medias y las fuiste bajando lentamente, como si saboreases cada poro de piel que se iba descubriendo. Nos deshicimos de las últimas prendas que quedaban. Mi respiración se aceleraba y la acallaste con más  besos.  Cada punto de mi cuerpo parecía gritar con tu contacto. Frenesí de caricias, risas y besos. No podía distinguir dónde acababa yo y donde empezaban tus pecas. Fuimos una en el revuelo. Y en tus besos bajaste más allá de lo prohibido, descubriste mi secreto y encontraste mis suspiros perdidos. La lujuria guió mis gritos, pero tuve que dejarlos en silencio. Agarré las sábanas para casi arrancarlas, mi cuerpo se dobló como nunca pudo. Y giré en la cama para ponerme encima, dominar este momento, sonreí con timidez y quise reflejar lo aprendido. No pareció que se me diese tan mal, más de una vez gritaste pero, sobre todo, te liberé en mil suspiros. Y la noche siguió en su apogeo: tú, yo y aquella cama. Nadie más supo el secreto, se me estremece la piel cada vez que lo pienso.
A partir de aquí nuestra historia fue en aumento, acabamos un curso lleno de momentos. Tantos y tan nuestros, que me tiraría dos vidas describiéndolos.
Pero ha llegado lo que más temíamos, lo que hemos estado evitando, cada una queremos ir a una universidad distinta. Tú has sido aceptada en una de las mejores universidades de Lyon, la ciudad en la que siempre has soñado estar. Te mereces esa beca con todo lo que has trabajado. Pero yo solo aspiro a una universidad aquí en Madrid.
Y si te he pedido que leas esta carta durante el viaje es porque no me salen las palabras, eres tan mía como yo soy tuya, eres la luz que me da vida, las sonrisas en la cama. Me inundan las lágrimas en esta despedida, y sé que no es para siempre, que volveremos a estar juntas, pero ahora me toca echar de menos esa mirada de hielo que tanto calor me daba.

lunes, 27 de febrero de 2017

Soy tu sombra



Brillas. Refulges cada vez que te enfrentas a algo. Y te admiro, toda esa carga sobre tus hombros y no dudas. Defiendes y ayudas cuando es necesario, luchas hasta quedarte sin fuerzas. Espada en mano haces lo posible por salvar a quien lo necesita, sin pararte a observar cómo de grande es el problema, te lanzas sin pensarlo. Y sonríes, das tu mejor cara. Pero no siempre. Te aíslas para que nadie sufra por tu culpa y quiebras cuando crees que nadie te escucha. Lloras cuando nadie mira y sufres con cada herida. Crees estar solo y es mentira. Me tienes cerca y no te das cuenta. Quiero abrazarte, consolarte, ayudarte en lo que pueda, pero soy tu sombra. Alargo mis dedos cuanto puedo, me agito con todo lo que tengo, más es en vano. Grito para que me oigas pero sale silencio, me agarro a ti con mis manos frías, intento curarte desde dentro, pero soy tu sombra. Veo los fragmentos de un corazón que sigue adelante, que tu respiración se agita pero nadie calma. ¿Cuántos peligros has superado? Monstruos, leones, vampiros y dragones. Has encontrado mil tesoros y has salvado a doncellas, campesinos, guerreros y guerreras, incluso a príncipes y a alcaldesas. Te adoran y te festejan, pero nadie se queda. No dejas que te conozcan, que te quieran. Lo peor es que yo te quiero, pero soy tu sombra.
Y me destroza, me desgarra no alcanzarte, no saber cómo poder ayudarte. Me entristece cuando suspiras, cuando no puedes más y lloras. Y ardo con rabia. Quizá no sea lo que necesitas, pero al menos ser la mano que te levanta, lo que te impulsa y te guarda. Querría susurrarte que estoy contigo, que tú puedes con todo, que estés tranquilo. Pero soy tu sombra.
Y caigo. Me despierto y estoy cayendo. Te busco y no te encuentro. Ahora soy una sombra sola, separada de su cuerpo, siento el dolor por dentro. ¿Qué ha pasado? Te siento debilitarte lejos y no recuerdo.
Choco contra el suelo. ¿Dónde estoy? Inmensa oscuridad a mi alrededor. Soy tu sombra y te siento lejos. Luchabas contra uno de los peores seres monstruosos, eso lo recuerdo. Mantenía tu equilibrio y tu cordura, pero el sudor ya recorría tu rostro. Te cubrían más heridas de las que podía contar. Dolor y furia. Tajo de espada y giro, revés y estocada, metal contra carne, todo cubierto de sangre. Esta lucha te estaba costando más de la cuenta.
Vuelvo en mí, a la oscuridad, y aparece un brillo, varios de ellos. Seres luminosos que eliminan los rastros de sombras que se separan de sus dueños. No puedo dejarte ahora cuando más lo necesitas, debo llegar hasta ti sorteando a cada uno de ellos. Siento tu dolor, arriba, todavía lejano. Debo subir a ayudarte lo  antes posible, cada minuto es un minuto menos de tu vida.
Me levanto, respiro profundamente y saco fuerzas. Esta vez seré yo quien te salve, el que ayude al héroe, aunque solo sea tu sombra. Hay un camino, puedo volver a subir y encontrarte. Solo he de seguir los rastros de luz que han caído conmigo. Decidido, comienzo a subir como puedo, con paso firme pues mi vida, y la tuya, está en juego. Puedo salvarte y sé que voy a hacerlo.
Tras un pequeño tramo me acecha uno de los seres luminosos. ¿Puede verme? Yo por si acaso me escondo entre las sombras de un árbol viejo, me mimetizo. Se me acelera el pulso y tengo miedo, está muy cerca. ¿Seguro que aquí no me ve? ¿Y si puede sentirme? Pero termina pasando de largo y yo respiro, no puedo seguir quieto mucho más tiempo. Sigo subiendo, esquivando otros seres luminosos, ahora más tranquilo. Me resbalo y casi me caigo, pero mantengo el equilibrio. Soy una sombra sin su dueño y sigo subiendo. Cada vez te siento más cerca, el recuerdo es más intenso. Algo pasó y por eso caí, no tardaré en entenderlo. Sigo tu rastro. Aguanta, que voy subiendo.
Ya llevo bastante andado, saltado y escalado y aun me queda, pero hoy no me detendrá el cansancio. Más seres luminosos, según asciendo son más grandes, algunos incluso se separan en varias partes. Tengo miedo, me cuesta soportar el sonido que producen entre el viento, pero por ti aguanto. Un paso y me escondo, por los pelos no lo cuento. Otro paso y dos saltos. Soy tu sombra y sigo subiendo.
Más camino. Me rodean varios seres luminosos. ¿Dónde me escondo? No hay nada cerca y se me tensa el cuerpo. No hay salida. ¿Tanto esfuerzo para morir en el intento? No pienso permitirlo, soy tu sombra y llegaré hasta ti, no voy a dejarte solo. Pienso rápido, casi los siento pero no dejaré que me domine el miedo. Miro hacia arriba y tengo una idea. Mi salvación. Me agacho y salto con todas mis fuerzas, estiro mis dedos para alcanzarlo. Siento que me arde la pierna, han llegado hasta mí. Pero logro agarrarme a tiempo. Me ha salvado la fina sombra de un peñasco suelto, al mimetizarme con ella he vuelto a pasar desapercibido, con una quemadura pero vivo. Soy tu sombra y debo seguir subiendo.
Cada vez estoy más cerca. Me he topado con varios fragmentos de tu energía y ya recuerdo. Te viste débil, incapaz de derrotar al enemigo. Yo quise gritarte, pararte, pero no me hiciste caso. Tomaste una decisión dura para ayudar a los demás, salvar al mundo aunque fuese sobre ti mismo. Supiste que la única forma de vencerlo era ser todo luz, el poder más intenso. Con un tajo de tu espada cortaste el suelo y mediante uno de tus hechizos separaste tu sombra del cuerpo. Te separaste de mí para ser luz pura. Y yo caí a este pozo sin fondo. Derrotaste al monstruo con todo tu poder, pero por el rabillo del ojo te vi caer debilitado. La luz pura consume totalmente el cuerpo. Ahora sé que debo correr para arreglar esto. Y no estoy enfadado, hiciste lo correcto. Pero no pensaste en ti y en lo que te causaría,  preferiste morir solo si así salvabas el mundo. Pero yo soy tu sombra, el guardián del guardián, y no dejaré que esto acabe así.
Ya me queda poco, puedo verte brillar algo más arriba. De repente me sorprende un ser luminoso inmenso. Pierdo equilibrio y caigo. ¿Cómo he podido despistarme tanto? Me agarro a una rama y salto como puedo. Tengo que eliminarlo para llegar hasta ti, este no voy a poder sortearlo. Y veo el brillo de tu espada y corriendo la recojo. Aunque soy más de ser tu escudo, creo que podré con ello. Corro hacia el ser, espada en alto, se gira hacia mí y tengo que saltar para esquivarlo. Intento cortarle pero es muy rápido, más de una vez me quema y por ti sigo avanzando. El ser me come terreno, no soy tan hábil con la espada como creía. Me atrapa contra la pared y me muero de miedo. Solo un último esfuerzo. Sobre mí oigo un grito, tu grito. Y sonrío, aun sufriendo luchas. Tu cabeza se asoma a la grieta y distraes el ser luminoso que decide seguir los gritos y mirarte. No debo perder tiempo, hago un giro de muñeca y corto al ser luminoso en dos. Estalla al instante en mínimas partículas brillantes.
Con rapidez subo el pequeño tramo que queda. Y te encuentro, por fin te siento del todo, dolor que te quema por dentro. Me abalanzo a abrazarte para volver a ti. En cuanto te toco comienzo a absorber parte de la luz para que no te siga dañando. Nos vamos entrelazando. Y te noto temblar, lágrimas sobre el suelo. Has oído mi susurro de que siempre te estaré protegiendo. Y sonríes. Volvemos a ser uno y te calmo cuanto puedo. Ahora sabes que no estás solo, que soy tu abrazo en los días malos y el escudo cuando lo necesitas. Soy tu sombra, pero tú y yo, juntos, somos mucho más que eso.
 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Despertar


Y descubrí que el tiempo es tiempo,
que no deja mirar atrás.
Da lugar al triste olvido,
al dolor y a no soñar.

Mas llegaste tú a mi mundo,
sonreíste a la eternidad.
Devolviste mi alegría,
desempolvaste mi verdad.

Que la magia surge 
y me enloquece.
Nos envuelve sin cesar.

Que te pienso y te suspiro.
Que te sueño, te anhelo y te sonrío.
Te rodeo con mis brazos
y me vuelvo a despertar.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Lágrima inocente

La ciudad gritaba, silenciosa, con sus luces fugaces. Brillaban una detrás de otra, alargándose hasta el final de su aliento. Cualquiera diría que era la ciudad la que corría y el tren el que estaba quieto. Mis ojos cansados buscaban detenerse en algún punto, ni si quiera yo sabía qué andaban buscando. Una llama ardía dentro de mí, furiosa, notaba las lágrimas agolparse y yo no quería dejarlas caer. Solo quería perderme, simplemente olvidar. Lo que nadie sabe de estudiar magia, lo que nadie te cuenta, es que no es tan divertido como nos lo pintan. Ser mago conlleva muchas responsabilidades, vivir en un mundo elitista, en un mundo injusto. Mas no quería pensar en ello, hoy no. No más luchas internas, estaba demasiado cansado.
Ensimismado en este devenir de luces en un cielo apagado, apenas noté el tren detenerse en una de las estaciones de su viaje. Un fuerte pálpito se acomodó en mi pecho y un escalofrío me recorrió el cuerpo. La "Llamada del Guardián" como la denominaban en la escuela. Una lágrima inocente que avisa de la necesidad de protección y ayuda. Alguien me llamaba.
Me levanté del asiento con rapidez y no me detuve hasta que no crucé las puertas. Fue entonces cuando me di cuenta de que ni siquiera sabía dónde me había bajado. Busqué un letrero que diese nombre a mi ubicación y descubrí que nunca antes había estado en esa zona de la ciudad. No importaba, tenía un deber que cumplir y por ello comencé a caminar, sin saber muy bien hacia donde y fiándome de mi instinto.
Elegí especializarme como guardián para poder ayudar a la gente, era una forma noble de utilizar la magia y proveía de mucho conocimiento y hechizos de todo tipo. Además, siempre te premiaban con sonrisas.
Seguía andando, fijándome en los detalles, analizando las calles y girando cuando el pálpito se intensificaba. Edificios y casas de todo tipo, colores que preferían ocultarse en esta noche y luces ya no tan fugaces. Algunos paseaban, otros reían, pero ninguno era el artífice de mi llamada. Seguí caminando, sabía que podría encontrarte. Farolas y señales, suelo empedrado y mi sombra en la calzada. Aun oía tu llamada.
No sé cuanto anduve,  desapareció mi percepción del tiempo. No me importaba, ya estaba cerca, algo en mi interior me lo confirmaba. Y me detuve, todo mi cuerpo supo que ahí estabas. Alcé la mirada y pude ver tu ventana, aun con luz en su interior. Era esa o ninguna, la ventana más hermosa y carcelaria. Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Conjuré un hechizo de invisibilidad y comencé a levitar. Ascendí hasta el alféizar y descubrí quien me llamaba. Tú, sentado en tu silla estudiando, nervioso y preocupado. El chico de mi escuela que conocí en el lago, aquel que me pidió ayuda para capturar los diablillos que se habían escapado, que manejaba a la perfección los hechizos de agua. Sonreí sin darme cuenta. Era irónico, fuiste el primero en el que pensé al notar la llamada, siempre me acuerdo de la lágrima inocente con la que tu piel está marcada. Atento a tus apuntes, hacías bailar gotas de agua entre tus largos dedos. Me quedé hipnotizado con aquella danza, movías los dedos con cuidado. Detecté tu ánimo intranquilo, saturado, y abrí mis labios para susurrar los versos de un hechizo de calma. Sin parar, lo ligué con otro de aumento del ánimo. Suspiraste, se te veía cansado. Reconocí tu gesto, algo más alegre. Esa media sonrisa que me dedicas cuando nos encontramos, cuando tras las clases hablamos.
Seguí observándote otro rato, cuidando tu estado. Finalmente, estiraste tus brazos y decidiste dar el estudio por terminado. Apagaste la luz y cerraste los ojos sobre la almohada. Aun debía cuidarte, algo dentro de mí me decía que no había acabado. Deslicé mi cuerpo por la ventana, abierta por el calor ambiental, y me acerqué a tu yo tumbado. Formulé uno de mis mejores hechizos de suerte y lo activé con el contacto de mis labios sobre tu frente. Abriste los ojos despacio y rompiste mi invisibilidad con tu mirada, ni siquiera estabas asombrado. Y sonreíste como el verano, cálido y agradable, como el recuerdo de las olas acariciando mi cuerpo. La respiración se me detuvo por un momento.

- Pensé en ti y al final has venido.

Sonreí y me hiciste un hueco, dejando que me recostara a tu lado. Posaste tu rostro sobre mi pecho y yo decidí rodearte con mis brazos, darte todo mi apoyo.

- Duerme tranquilo, yo te estaré guardando- susurré en tu oído.

- Gracias por venir a cuidarme- dijiste mientras se te cerraban los ojos. Pronto estarías soñando con los mejores sueños que podía haber encontrado.- Por acudir a mi llamada.

- Nunca dejaré de hacerlo.